Me debes una

06.07.2018 | 04:45
Fernando Población

Me imagino la escena de una película. En blanco y negro, porque todo el mundo sabe que las cosas en blanco y negro tienen más peso. De toda la vida, cuando algo está negro sobre blanco impide que se lo lleve el viento, o así debería ser.
Hay una habitación en penumbra, con pequeños rayos de luz que se cuelan por unas cortinas de un tono grisáceo. Unas cortinas que nadie se atrevería a llamar vintage, porque, simplemente, son viejas y huelen a viejas, lo que ayuda a crear un ambiente tenso, insalubre, un olor fuerte, penetrante y molesto. Como ese olor que tenían los bares de copas hace años, cuando se podía fumar dentro. Como esas personas que se bañan en colonia para disimular que visitan la ducha lo mismo que los creyentes van a misa, una vez por semana.
En el centro de esta habitación una mesa. Una mesa grande, recia, robusta. Una mesa de madera, de esas que tienes que llamar a los vecinos para moverla. Una mesa sin nombre propio, que no se llama Bjursta o Toresund, solo se llama mesa. Una mesa con la superficie ajada como la cara de un agricultor que lleva marcado en su rostro cada amanecer, cada cosecha, cada helada.

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