España, la última prioridad

04.06.2018 | 04:45
España, la última prioridad

España ha quedado en un segundo plano. Nunca antes en la historia de la democracia los líderes de los partidos del arco parlamentario habían despreciado tanto a su país. Jamás. De algunos no nos llama la atención. Va en su ADN. Pero la sorpresa nos la hemos llevado con los llamados constitucionalistas. La caída de Mariano Rajoy y el ascenso al poder de Pedro Sánchez ha destapado las vergüenzas de nuestra política (una vez más). Sus partidos y sus intereses, miedos y anhelos personales han quedado por encima de España. Sin tapujos. Sin el menor disimulo. El país y, por lo tanto, los españoles, importamos menos que nunca. Si el desencanto por la política alcanzaba cotas históricas, presagio tiempos aún más difíciles para esta labor que algunos engrandecen de forma anónima y otros mancillan de manera pública.
Parafraseando el lenguaje académico y refinado de Pablo Iglesias en sede parlamentaria, España se la bufa, se la trae al fresco y se la refanfinfla. Así de claro. Me da igual Mariano, que Pedro, que Pablo o que Albert. Los cuatro han demostrando una falta de patriotismo insultante. Y lo hicieron en primer lugar tras las elecciones de diciembre de 2015 y las de junio de 2016. El mandato de los ciudadanos fue nítido. Las mayorías son cosa del pasado y ustedes deben entenderse. Un Parlamento fragmentado no puede ser sinónimo de caos. Por dos veces insultaron a los españoles mostrando una carencia total de responsabilidad. Incluso para que hubiera Gobierno, los socialistas tuvieron que echar a gorrazos a su secretario general. Ver para creer. Nadie en estos dos años de legislatura ha tenido la más mínima intención de llegar a acuerdos en la máxima extensión de la palabra. Lo que en cualquier otro país democrático sería una oportunidad histórica para alcanzar los grandes pactos que se necesitan, en España se ha convertido en un calvario y un sálvese quien pueda. Es un escándalo.
Me hizo gracia que, cuando conservadores y socialistas llegaron a un acuerdo para gobernar Alemania hace unos meses, algunos dirigentes del PSOE aseguraron que era una noticia nefasta. Eso lo dice todo. Lo que debería ser un ejemplo de entendimiento y el modelo a seguir de la cainita España, es casi una ofensa para los partidarios de restar y nunca de sumar. Así nos va.
Pero el mayor desprecio a España ha llegado en la última semana. Todos y cada uno de los pasos que han dado los cuatro principales líderes políticos han sido única y exclusivamente pensando en el interés particular. Mariano Rajoy tomó este camino cuando la mañana en la que se conoció la sentencia de Gürtel no presentó su dimisión. Ese gesto de decencia, que no va con el carácter "marianil", pero que era imprescindible, nos hubiera ahorrado este trance. El PP podría haber continuado gobernando con el apoyo de Ciudadanos y nadie se hubiera atrevido a presentar una moción de censura. Pero no, Mariano pensó en él mismo.
Pedro Sánchez vio que se le abría una puerta de par en par. Sabemos que su ambición enfermiza por llegar a La Moncloa puede más que la estabilidad del país y aprovechó su oportunidad. Da igual que tenga que gobernar con 84 escaños y haciendo concesiones a los enemigos declarados de la patria. España importa poco cuando se trata de ambicionar el sillón.

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