Variaciones sobre un mismo tema

14.05.2018 | 04:45
Variaciones sobre un mismo tema

A fuerza de sacar, sacar y sacar las minas se agotan. Los filones dan de sí lo que tienen, mucho o poco, y no se les puede pedir más. La Universidad anda metida en celebraciones por su VIII Centenario. Ocho siglos de existencia dan para mucho y si se administra bien pueden a su costa organizarse actos conmemorativos de muy alto nivel y para todos los gustos. Con ganas de estar a la altura de las circunstancias puede conseguirse, de hecho lo están consiguiendo, porque no habrá otra oportunidad ya que para la siguiente, todos calvos.
Reconozco que la Universidad tiene en Unamuno un filón enorme que bien aprovechado, con inteligencia y sentido de la medida podría no agotarse. Unamuno llenó una etapa, solo una, en unos tiempos que no fueron (porque así cuadraron en la historia) de los más prósperos y gloriosos para la Universidad, tampoco para España. Con esta observación pretendo distinguir al Unamuno filósofo, pensador, escritor€ ina- barcable, del Unamuno rector, cuyos pasos por el Rectorado fueron más bien anecdóticos y discretos, apenas relevantes, limitándolo (por quienes se empeñan en ello) al episodio en el Paraninfo aquel 12 de octubre del 36, del que tanto se ha hablado, se habla y se hablará, y a muy poco más. Tenía y sigue teniendo mayor peso, mucho mayor, la persona (inalcanzable) que el cargo, al alcance, no digo de cualquiera pero sí de muchos, de tantos que, desde el obispo Gonzalo de Vivero (S. XV), que es del primero que al menos he encontrado referencia con nombre y apellido, hasta Ricardo Rivero, han pasado unos cuantos.
Hace hoy una semana se inauguró en San Eloy una exposición que reúne hasta un total de 127 obras, entre pinturas, grabados, dibujos, bocetos, fotografías, esculturas€, trabajos de artistas de antes, de ahora y de siempre, tantas obras como variaciones sobre un mismo tema. El tema es Unamuno, de perfil inconfundible, motivo de la exposición, tema que bien dosificado da para largo siempre que no acabe cayendo en voluntades desaprensivas que se apoderen de él y se crean con el derecho a hacer lo que les dé la gana. Por cierto, el retrato que de Solana hay en la exposición no es el que Méndez de Vigo desterró de su despacho. El del Ministerio, propiedad del Estado y adscrito a los fondos del Museo Reina Sofía, es otra versión —la primera que hizo el pintor en Salamanca con Unamuno posando— que de este retrato existe, la que vemos es obra de taller hecha en Madrid con más detalle y más color, propiedad de la Fundación Banco de Santander.
La exposición ofrece un buen puñado de matices de un mismo perfil, que Azorín, alumno que fue de esta Universidad antes de que Unamuno llegara por primera vez al Rectorado, donde posiblemente se conocieran e iniciaran su gran amistad, reforzada además por un mutuo afecto que duró hasta el final, lo retrató así: Su cara era la de una lechuza, o mejor, de un búho. Unamuno veía en las tinieblas. Podría decirse que era el hombre de las objeciones. Con su voz aguda iba desentrañando todos los misterios —búho en la noche— y viendo lo que hay dentro de las cosas, de esas mismas cosas —añado yo— que el resto de los mortales ve solo por fuera y con eso cree saberlo todo. La exposición es un acierto y vale la pena visitarla porque entraña, sin salirse de ese perfil suyo tan marcado, ciento veintisiete interpretaciones que enriquecen todavía más a este singular personaje, que bueno sería no agotarlo y el agotamiento —atención al síntoma— comienza a notarse cuando comienza a cansar.

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