Tras los pasos de Carmena

11.05.2018 | 04:45
Susana Magdaleno

Un apartamento turístico resulta fantástico desde el punto de vista del viajero por la posibilidad que ofrece de estar en el centro de una ciudad a un precio que suele ser más económico que el del hotel que está justo al lado.
El problema surge cuando ese apartamento turístico se ve desde la perspectiva de quien vive en el edificio en el que está situado y, en el mejor de los casos, empieza un constante ir y venir de gente desconocida que hace inútil hasta llevar encima la llave del portal, porque la puerta está más tiempo abierta que cerrada.
Eso, si todo va bien. Si va mal, el silencio empieza a brillar por su ausencia, comienza la celebración de despedidas de solteros, las voces, la música alta, los vómitos en el portal y en el ascensor, las borracheras, el despertarse a altas horas de la madrugada por el toque involuntario al interfono...
Y las llamadas a la Policía sobre personas a las que no conoces y a las que les importa un bledo tu malestar porque saben que en horas se largarán y jamás volverán a verte la cara.
Si además el apartamento turístico lo gestiona una empresa y no el propietario, hay que darse casi por perdido y pasar auténticas odiseas para reparar daños en lugares comunes del edificio porque entre que uno se va y el otro, el propietario no está y no ha visto nada, el "marrón" queda para el resto de vecinos que sufren primero los ruidos, luego los desperfectos e, inevitablemente, la derrama.
Empieza un calvario que algunos han solucionado después de años de penurias, enfrentamientos con inquilinos, propietarios o empresas que gestionan su alquiler, de un solo modo: acudiendo a los juzgados. Hartos de llamar a la Policía, de acudir a la Junta o al ayuntamiento de turno sin obtener como respuesta el cierre del citado apartamento, sólo han encontrado esta vía para acabar con una noria de ruidos que comenzaba con la entrada de maletas y concluía con la limpieza del piso para volver de nuevo a empezar. Y así un año tras año sin que esa rueda dejara de girar por más denuncias y quejas registradas, hasta el punto de que algunos hasta decidieron vender su piso para ganar en salud tras dar por perdida la batalla contra un frontón.

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