El consuelo de las encuestas

10.05.2018 | 04:45
Julián Ballestero

Vaya por delante que yo tampoco creo en las encuestas. A mí no me han preguntado nunca y algunos encuestados que conozco han mentido como bellacos. Los sondeos son solo eso, sondeos, agujeros demoscópicos en busca del agua de la verdad, a menudo demasiado profunda. Las encuestas suelen ser derrotadas por las urnas, a veces de forma escandalosa, pero no escarmentamos y seguimos comentándolas como si se tratara de los datos exactos del mercado de divisas o las cotizaciones de la Bolsa.
Las encuestas sirven para lo que sirven, para comprobar la capacidad de hacer milagros interpretativos por parte de los dirigentes de los partidos, todos los cuales salen ganando. Los sondeos a casi dos años de la más probable fecha para las elecciones generales solo marcan tendencias, como la moda, y la moda, ya se sabe, es pasajera y fugaz como una estrella.
Por tanto, no hay que fiarse. Y menos de las proyecciones del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que nos llegan cocinadas, aromatizadas y a veces hábilmente deconstruidas por los sociólogos al servicio del gobierno de turno.
Pero, como decía aquel gallego que no creía en las brujas pero añadía que "haberlas, haylas", las encuestas están ahí, e ignorarlas no evita el daño a los perdedores ni desluce el éxito efímero de los vencedores.
En el lado de los castigados por el último CIS aparece destacado el PP, aunque Mariano Rajoy ha debido sentir incluso alivio al conocerlo, porque los resultados no son tan malos como los de otros estudios publicados en las últimas semanas y por lo menos les siguen otorgando el primer puesto, aunque sea por los pelos.

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