La perfección es enemiga de lo bueno

08.05.2018 | 04:45
Marta Robles

Lo dijo Shakespeare, que siempre decía todo muy bien. Y yo lo suscribo. El problema de las mujeres, encerradas en nuestro cuerpo desde que tuvimos que cautivar a Adán para que se zampara la manzana del pecado, es que la obligación de la belleza nos lleva sumiendo, desde siempre, en una profunda infelicidad. No se trata de abandonarse y convertirse en un reflejo de nuestras propias posibilidades, sino de aceptar las que nos corresponden y no pretender las de al lado, por sistema, solo porque el mundo nos lo impone. Para sentirnos guapas, es imprescindible que nos queramos. Y eso no sucede por estar más o menos perfectas sino por aprobarnos tal cual somos. No quiero ser injusta y caer en la tentación de pensar que este es solo un problema nuestro, de las mujeres. Los hombres cada vez se sienten más presionados también€, pero no como nosotras. Ser simpáticas, inteligentes, agradables, buenas madres, limpias, trabajadoras, honestas, jóvenes y sobre todo, guapas, no es una opción: es una condición imprescindible para nuestra supervivencia. O eso es de lo que quiere convencernos la sociedad, aunque la realidad sea muy distinta. Para sobrevivir y, más aún, para vivir con ganas, disfrutar de la vida y ser felices, al menos a ratos —la felicidad constante y completa no existe— no es preciso ser nada que no seamos, solo es necesario que no queramos ser otras distintas de las que somos.

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