Iniesta

01.05.2018 | 04:45
Juan Mari Montes

¿Se le puede tener afecto a un jugador del equipo rival al del escudo del que uno es un fervoroso y apasionado forofo? La respuesta es categóricamente no. Jamás. Sólo plantear la hipótesis es un sinsentido, una aberración, una traición a los colores que uno lleva impresos en el corazón. Obviamente, toda regla general tiene su excepción. En nuestro caso particular, por ejemplo, digamos que se llama Andrés Iniesta.
Entre lagrimones, como es ya la costumbre en el ramo, Iniesta anunció en rueda de prensa la pasada semana que se marcha del Barcelona al término de la actual temporada. Dice el bendito que siente que ya no puede dar lo mejor de sí mismo al club que le paga, sin tener en cuenta que lo peor que da un jugador como él, aún le alcanza para seguir siendo, uno de los dos mejores de toda la plantilla. Así de precipitados son los adioses de la gente buena, singular y honesta, y así es Andrés, a quien echaremos de menos todos, tanto como echamos de más a sus colegas Xavi Hernández o Guardiola, que se despidieron pero que no acaban de irse a base de entregar periódicamente una buena tanda de estupideces.

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