Como un as en la manga

13.04.2018 | 04:45
Santiago Juanes

Una casa de la calle Cervantes escondía unos naipes del siglo XVI o XVII, celosamente envueltos y guardados, como un as en la manga. Entonces, una baraja no debía ser fácil de hallar o comprar, a diferencia de hoy, que un mazo de ellas está al alcance de cualquiera. A las cartas o naipes siempre han jugado en los bares de mi barrio los hombres y más recientemente, las mujeres; que levante la mano quién no ha echado su partida, también, en la cafetería de la facultad o en la piscina; recuerdo tardes jugando a los "montones" en la calle con mis amigos, apostando las "vistas", o sea, la parte bonita de las cajas de cerillas, y madrugadas de presunto estudio cambiando cartas y julepe por folios y tomos; hemos matado el tiempo con el cinquillo, envidado y jurado en arameo por haber perdido las "cuarenta" al tute y en alguna otra lengua muerta al pasarnos de las "siete y media". Qué sería de un hogar de jubilados sin su sobremesa de cartas. Hoy, los jóvenes juegan al póker, los universitarios al mus y los piscinícolas al hand remy.
La baraja clásica fue hallada, decía, en la calle Cervantes, donde la tradición sitúa la casa del genial manco si es que estuvo en Salamanca. Y si estuvo, fijo que jugó: se huele en sus escritos y personajes, desde Rinconete a Tomás Rodaja. Un perro de presa, Jean Pierre Etienvre, de la Universidad de Caen, tiene bien rastreada la huella del gusto de Cervantes por las espadas, los oros, los bastos y las copas: quizá fuese tahúr del Tormes o del Pisuerga, que no del Mississippi. Aquí se jugaba, como en el café de Rick Blaine (Humphrey Bogart) en Casablanca, aunque nunca estuviese en Marruecos, sino en Hollywood. El nombre de la famosa Isla de Barataria, que gobierna Sancho, recuerda mucho al barato o dinero que se repartía entre los mirones de la partida, entre ellos, claro, estudiantes sopistas, que lo reclamaban: los barateros. Girolamo da Sommaia, escolar en Salamanca, con posibles y tahúr, debió repartir barato con frecuencia por las veces que en su diario anota que se confesó por ese pecado de juego.

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