Requiem monacal

30.03.2018 | 04:45
Santiago Juanes

Algunos recordamos aquel episodio de nuestra historia reciente en el que se estudió la posibilidad de que el parador de Salamanca se estableciese en Fonseca. Universidad y Gobierno de España negociaron una especie de intercambio: para ti el edificio del Teso de la Feria y para mí el histórico colegio, con su claustro, capilla, habitaciones€en realidad, Fonseca estaba para ocuparse como parador al instante, otra cosa es que el Parador lo estuviese como edificio universitario.
Aquello no pudo ser, claro; oficialmente, se puso como excusa que la Universidad de Salamanca no quería renunciar a la propiedad de Fonseca, frente a la exigencia de Paradores de España de que Santa Rita, Rita, lo que se da no se quita. Rodrigo Rato e Ignacio Berdugo dejaron de hablar y quizá de hablarse. Pero alguien, entonces, no se quedó conforme con aquello: quería que Salamanca tuviese un parador en un edificio monumental y céntrico y dándole vueltas pensó en las Úrsulas, en el Convento de La Anunciación, una de nuestras joyas y a la vez una enorme desconocida: casi todo el mundo se ha quedado en su formidable ábside-torreón, una enseña de la arquitectura salmantina, que sirve de fondo a la escultura de Unamuno de Pablo Serrano, pero no ha entrado dentro ni para ver su museo, ni el templo, de Juan de Álava, dicen, ni el claustro, ni la capilla mayor, donde está enterrado el poderoso Alonso de Fonseca, arzobispo de Santiago y patriarca de Alejandría. Encajar esta capilla en los servicios del parador no iba a ser fácil. Y de la idea, nunca más se supo.

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