El PSOE debe reflexionar

13.03.2018 | 04:45
M. Vicente

No imagino dolor más grande que la pérdida de un hijo y más en estas circunstancias. Todos hemos tratado de ponernos estos días en el pellejo de los padres de Gabriel, pero el dolor no es ni siquiera imaginable.
No es extraño que desde el primer momento la desaparición nos haya tenido a todos los españoles de bien pendientes de cada uno de los avances de su búsqueda o de las investigaciones de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. El domingo, poco antes de la comida, se nos encogió a toda España el corazón cuando nos enteramos de que había aparecido el cuerpo sin vida del pequeño pescaíto Gabriel y que la asesina —ni siquiera voy a utilizar la presunción de inocencia— fuera la pareja del padre, que había compartido "aparentemente" la zozobra de su desaparición.
En el fondo casi todos albergábamos una pequeñísima esperanza de que el niño se hubiera perdido o alguien se lo hubiese llevado y lo mantuviera con vida a cambio de un rescate.
Era una pequeña ilusión, porque cada día que pasaba era más complicado que su asesino o asesinos lo mantuvieran con vida, pero por otra parte siempre piensas: ¿Quién va a ser capaz de hacerle daño a un niño de 8 años? Pues hay gente que sí lo es. Hay seres malos o enfermos sin solución, que pueden sobreactuar durante doce días, camuflarse como si la desaparición de un niño les doliera, compartir el tremendo dolor de unos padres y de una familia sin derrumbarse.
Desde el minuto cero nos ha impresionado el comportamiento de esos padres, sobre todo de la madre, Patricia, que desde el dolor ha mantenido una serenidad ejemplar, manifestando continuamente y a pesar de la enorme pena, la gratitud por el apoyo que ha recibido durante todos estos días de búsqueda.

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