Lección de amor

13.03.2018 | 04:45
Marta Robles

No puedo imaginar mayor tortura que la de tratar de mantener una actitud idéntica a la previa a conocer que el posible secuestrador y potencial asesino de tu hijo es quien camina a tu lado, e incluso quien comparte tu vida. Eso fue lo que tuvo que hacer Ángel Cruz, cuando fue alertado por la Guardia Civil de que su pareja, Ana Julia Quezada, era la principal sospechosa de la desaparición del pequeño Gabriel. Él y la madre del niño, a quien también se le proporcionó la información, compartieron con la mujer señalada, toda suerte de actos, tratando de que no se notara nada extraño en sus conductas, para que la sospechosa no solo no le hiciera daño a su pequeño sino que se apiadara de ellos y se lo devolviera.
Por desgracia, no le hubiera sido posible aunque hubiese querido, porque el niño estaba muerto desde el primer día. Al menos, gracias a esa cuidadoso comportamiento, los investigadores consiguieron que Ana Julia diera un paso en falso y hallaron el cuerpo de la criatura. Una tiende a pensar que tras perder a un hijo de una manera tan espantosa, el corazón se ha de volver duro como una piedra y destilar odio€, pero no es el caso de los padres de Gabriel.
Y menos, si cabe, de su madre. Esta mujer nos ha dado a todos una lección de amor, no solo al no culpabilizar en ningún momento al padre de su hijo, por haberlo dejado al cuidado de su asesina –cosa que si se han atrevido a hacer desde las redes distintas retorcidas voces- sino al intentar que todos comprendiéramos que no quería venganza, explicando que todos esos sentimientos perversos eran ajenos a su "pescaíto".

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