El paraíso en Aveiro; sin ir más lejos

05.02.2018 | 04:45
El paraíso en Aveiro; sin ir más lejos

Entre la colección de lugares comunes que los salmantinos tenemos registrados, uno poderoso es la visita, al menos una vez en la vida, a la portuguesa ciudad de Aveiro. En coche propio, o en autobús todos hemos ido a Aveiro alguna vez. Por algo sus largas playas de arena fina, su luz atlántica y su clima templado son lo más cercano al paraíso que tenemos al alcance de nuestra áspera meseta.
Se encuentra Aveiro en el cogollo de la portentosa ría que lleva su nombre, un mosaico complicadísimo de aguas dulces y saladas que drena el caudaloso Río Vouga, nacido en las frondosas forestas de Viseu, que por desgracia arrasó el fuego del último verano y ahora los portugueses, con una tenacidad encomiable, ya han empezado a replantar de pinos autóctonos.
Por fortuna, Aveiro es mucho más que la colección de tópicos que trasmiten las guías y los folletos de las excursiones. Mucho más que las góndolas de colores — moliceiros— que surcan sus cuatro canales, que aunque hermosos, titulan hiperbólicamente a la ciudad como la Venecia de Poniente. Mucho más que el arroz de marisco y el vinho verde de trasiego obligado en cada visita en los restaurantes populares, mucho más en fin que los ovos moles y los bolos de natas de sus numerosas pastelerías.
Porque hoy Aveiro es nada menos que la región con el más alto nivel de vida del país vecino, debido entre otras cosas a un envidiable tejido industrial renovado y audaz que ha fijado en la ciudad una población joven, especializada y laboriosa, educada por su dinámica Universidad, tan prestigiosa que ya rivaliza con la muy venerable de Coimbra.
Las orillas de la Ría de Aveiro, además de acoger cada verano miles de turistas de España y Portugal, se han consolidado con extraordinarios parajes vírgenes, como el Parque Natural de San Jacinto, un extenso repertorio de dunas, pionero en la conservación y custodia de los entornos costeros, donde la flora y fauna autóctonas salen al paso a los centenares de senderistas que recorren sus dilatados y bien conservados arenales, viajeros de nuevos hábitos y perfiles que valoran la naturaleza en estado puro.

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