Sin ganas de reconciliarse

05.02.2018 | 04:45
Sin ganas de reconciliarse

Una parte muy importante del cine español lleva años enfrentada a una parte muy importante de la sociedad española. No descubro nada. Es una realidad. El problema es que esos actores, directores y productores no se dan cuenta de que necesitan al público para sobrevivir. Por lo tanto son ellos los que tienen que dar el brazo a torcer. Tener un mínimo gesto en pos de la reconciliación. Pero nada, siguen en sus trece.
A los que aborrecen a esa burbuja progresista de profesionales del cine, les da igual. Van a seguir pensando lo mismo. Pero hay otro sector muy relevante de la sociedad cuya postura no es tan radical, pero que se ha visto "expulsado" de las salas de cine donde se proyectan películas españolas. A ese público es al que tienen la oportunidad de conquistar de nuevo. Pero no lo hacen y se arrepentirán.
La calidad del cine español es la que es. Cada año se hacen algunos filmes interesantes pero, en líneas generales, el nivel es deficiente. Hay un dato que lo demuestra. Desde el año 2004 no hay ninguna película española nominada al Óscar en la categoría de cintas de habla no inglesa. Algunos dirán que la Academia norteamericana no es el mejor barómetro para medir la importancia del celuloide patrio. Pero no cabe duda de que si el cine español no tiene repercusión internacional, el frenazo a su desarrollo es importante. Lo peor de todo es que, salvo sorpresa mayúscula, no se ve un mínimo atisbo de que esto pueda cambiar. Salvo los Amenábar y Bayona de turno, el resto no están para grandes florituras. En este grupo selecto no incluyo a Almodóvar, de cuyo cine he sido declarado seguidor, pero que actualmente ha descendido a los infiernos del séptimo arte.
Pero lo peor de todo no es la calidad de nuestro cine. Lo que de verdad solivianta los ánimos del personal es la actitud déspota y egocentrista de algunos personajes que "parten el bacalao" en el sector. Todo empezó con aquella vergonzosa gala de los Goya de 2003 con el soniquete del "no a la guerra". Desde entonces, no habido fiesta del cine español en la que las reivindicaciones políticas, sociales, animalistas o feministas no hayan tenido hueco. El escenario de la gala se convertía en el púlpito para que, después de agradecer el premio a toda una retahíla de familiares y amigos, acabaran por soltar un discurso, en la mayoría de casos, impresentable. Unos se quejaban de que no tenían trabajo, otros de que la subida del IVA les ahogaba, otros de que la derecha era el demonio y así un largo etcétera de ejemplos. El resultado: galas interminables, plúmbeas, de mal gusto y que parecían el mitin de un político de medio pelo. Todo eso indignó al personal. Porque en ningún momento, cuando hablaban de la subida del IVA, se acordaban de otros sectores que también la sufrieron como el de los peluqueros. Porque cuando reclamaban que estaban en la indigencia y sin trabajo, olvidaban a todos aquellos que, sin desempeñar una profesión en la que llueven las subvenciones, lo han pasado y lo pasan muy mal. Era el egoísmo personificado de unos privilegiados que, en muchos casos, han dilapidado sus suculentos ingresos de un día para otro. Eso, el españolito de a pie, no lo consiente. Y esa ha sido su perdición.

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