Sin final feliz

09.01.2018 | 04:45
Sin final feliz

Después de haber prestado atención durante meses al caso de Diana Quer, de haber hablado con sus padres, de haber escrito sobre el asunto y de haber estado atenta a los pormenores de la investigación que iban trascendiendo con pasmosa lentitud, el desenlace, quinientos días después, me ha supuesto un mazazo casi personal. Yo, ya ven, siempre ando esperando el milagro en los asuntos en los que he puesto el corazón. Y aquí la cercanía, el reconocer rasgos característicos de cualquier matrimonio que se rompe, y más aún si es con hijos en edades difíciles, hizo irremediable que me aflorasen los sentimientos. Pensé que, quizás, tras una turbia aventura, o después de un episodio oscuro e incluso terrible, Diana podría emerger de la niebla donde andaba perdida, no como un cadáver, sino como una chica dispuesta a recuperar su vida y a devolvérsela a toda su familia, aunque ya estuviera dividida para siempre. A veces, ya se sabe, no hay nada mejor que una separación para que los miembros de una pareja empiecen a vivir. Y yo creí que el azar podría apiadarse de estos padres dolientes y darles una oportunidad para aplacar sus errores –que tire la primera piedra quien no tenga los suyos propios, máxime tras una ruptura- desde una distante cordialidad que propiciara el mejor entorno para sus hijas. La historia de los Quer-López-Pinel me hizo reflexionar sobre muchas cosas. Sobre la maternidad/paternidad, sobre las relaciones entre los padres y los hijos y sobre lo condicionados que estamos por nuestras propias infancias y adolescencias y la educación que hemos recibido...

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