Espíritu navideño

24.12.2017 | 04:45
Espíritu navideño

Uno no sabe bien si el espíritu navideño, tan evocado en estas fechas, es ese sentimiento un tanto dulce y cursi que describía Marta Robles en su última columna; o el más alocado, frívolo, irreverente y consumista, cuyos tópicos desgranaba con fina ironía y envidiable mordacidad Paco Novelty en estas mismas páginas. Uno se pregunta si ese espíritu no será el que nos sobrecogía y embargaba de emoción cuando leíamos la "Canción de Navidad" de Dickens, ese hermoso relato de egoísmo trastocado en generosidad, de amor familiar en medio de la pobreza, de reconciliaciones y lágrimas junto a la lumbre en el seno de un hogar pobre de la Inglaterra de mediados del XIX.
Y ya que hablamos de pobreza y desconsuelo, permítaseme también aludir a otra vertiente de la caridad que, según señala Alberto Estella, no tiene quien la ejerza ni quien enjugue las lágrimas de un grupo de monjas a punto de abandonar el sitio que ha sido su amparo y cobijo durante sesenta y cinco años. Me refiero a las Esclavas del Santísimo Sacramento y de la Inmaculada, más conocidas como Hermanas de la Vera Cruz, por el lugar que habitan y por la capilla que hasta ahora han colmado de espiritualidad con cánticos y rezos. Tampoco yo voy a entrar en la pertinencia o legalidad que pone fin a la vida contemplativa de la Congregación en esa capilla que de tan barroca casi marea la vista, y en la que hacía años que no entraba. Pero lo hice ayer y fui testigo de cómo seis monjitas de blanco rezaban ante el altar. En el minúsculo templo apenas había media docena de fieles siguiendo las preces. Y en la entrada dormitaba entre mantas un mendigo de edad indefinida abrazado a una funda de guitarra. Seguro que el sueño sería más placentero en el diminuto zaguán de ese pequeño recinto, arrullado el mendicante por el reverbero de la luz en la penumbra y los coros en el interior. Las iglesias, los conventos y los pobres siempre han estado estrechamente relacionados. De antiguo se decía que en España el pordiosero se consideraba a sí mismo una institución necesaria, porque sus servicios los utilizaba la Iglesia como pretexto para salvar las almas de los ricos. El caso es que, si nadie lo impide, las monjas que hasta ahora han cuidado de la capilla y que bordaban ropajes litúrgicos entre rezo y rezo, se verán abocadas a la diáspora en cualquiera de las casas que la Congregación tiene repartidas por España.

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