El catalán errabundo

17.12.2017 | 04:45
El catalán errabundo

La figura del errabundo ha tenido amplias repercusiones en la literatura. Recordemos al Judío Errante, todo un mito enraizado en el mundo occidental que remite al hombre que le negó a Jesús agua cuando iba camino del Calvario. Por ello sería condenado a vagar durante toda la eternidad. El mito del judío peregrino ha sido muy productivo desde la época medieval. Hasta hubo quien a mediados del siglo XV afirmaba haberlo visto llorando por Alemania. Si extrapolamos el escenario a Bélgica y cambiamos el viejo judío por un catalán más peludo, tendremos al errante Puigdemont gimoteando Europa arriba y abajo, tratando de vender un género que, ¡ojo!, aún le compran muchos clientes.
Otro errabundo impenitente nos lo ofrece el poeta inglés Coleridge en su conocida "Rima del anciano marinero", legendario protagonista de un hermoso poema narrativo, igualmente condenado a viajar sin tregua. A este viejo lobo de mar se le había impuesto la penitencia de recorrer el mundo contando a quien le quisiera oír el grave pecado cometido, origen de tan severa penitencia. Hay novelas, como "Melmoth el Errabundo", buen ejemplo de la narrativa gótica, que incide en esa figura peripatética, por lo extravagante, que deambula sin término "del uno al otro confín", que diría Espronceda. A Bélgica tuvo que huir también en 1834 el novelista inglés Anthony Trollope, para eludir el arresto por impago de deudas familiares. Otro acogido al asilo de un país que combina el mejillón con los bombones.
El libro de Francisco Blanco Prieto sobre Unamuno en las Cortes Republicanas me ha hecho repasar estos días las actas parlamentarias que recogieron los borrascosos debates sobre Cataluña y el Estatuto Catalán, finalmente aprobado el 9 de septiembre de 1932. Algunas intervenciones me han llamado la atención por lo pertinente del caso, a pesar de los más de ochenta años transcurridos. Por ejemplo, la del ministro de la Gobernación, Miguel Maura, refiriéndose a Cataluña: "Cuando un pueblo quiere suicidarse, nadie tiene derecho a impedir que se suicide", a lo que Unamuno replicó: "No hay derecho al suicidio". Pero no olvidemos que el suicidio es, a fin de cuentas, un acto voluntario. Por eso los catalanes deben plantearse en serio la participación del jueves. Aviven el seso y despierten los que en otras elecciones ejercieron de "abstemios" ante las urnas.

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