¿Pero qué os ha hecho la Navidad?

15.12.2017 | 04:45
¿Pero qué os ha hecho la Navidad?

A algunos parece que les molesta la Navidad tradicional. La cosa no tendría la mayor importancia si de opiniones se tratara, que siempre son libres, pero el problema lo están provocando quienes desde algunos ayuntamientos orillan todo lo que pueden los signos distintivos de la Navidad e incluso los sustituyen por otros que hasta pueden considerarse ofensivos. ¿De dónde sale tanto odio, qué aversión alimenta a ciertas gentes, en qué complejos se hallan instalados?, me pregunto. Algo tendrá la Navidad que provoca estas reacciones tan airadas. Cuando lo normal es aceptar que a la mayoría de la gente, no solo no le molestan, sino que recibe con alegría los símbolos de toda la vida: los belenes, las cabalgatas de reyes, los villancicos y otras muestras tradicionales de esta época. Los gobernantes, al menos, deberían ser sensibles a los sentimientos populares, respetarlos en vez de despreciarlos. Pero eso es pedir demasiado, ¿no les parece?
Y eso que hablamos de la Navidad de celofán, hecha de tradiciones sentimentales que a poco comprometen, acompañada del consumo a tope y las cenas familiares tan temidas. ¿A esto le tienen miedo? Yo se lo tendría a la Navidad de verdad, esa tan olvidada porque celebra la Encarnación, el misterio de Dios hecho hombre, la segunda Pascua. Una Navidad austera, silenciosa, que genera alegría, consciente de que con ella nace la esperanza definitiva y que no defrauda.
De donde deduzco algo en lo que siempre he creído, y a lo que no estoy dispuesto a renunciar: a los poderes humanos, a los que de una u otra forma manejan el mundo, les da mucho miedo enfrentarse a quien no depende de intereses, de fruslerías o de vanidades, porque está más allá de todo esto y en consecuencia cuestiona todo. La Navidad cristiana, no la de las grandes superficies ni la de los restaurantes de moda ni la de los cotillones de fin de año, va mucho más allá: anuncia la entrada en el mundo de Dios y su justicia, de su Reino, ajeno a las apariencias y banalidades de lo que domina y dominará. La Navidad auténtica es otra cosa, algo que se produce cuando le abrimos la puerta a Dios y dejamos que entre en nuestra vida.

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