Valor y precio

11.12.2017 | 04:45
Valor y precio

Trescientos setenta y cuatro millones de euros, y lo escribo con letra para ampliar el impacto que produce mencionar este descomunal pastón, es lo que pagó un príncipe saudí por "Salvator Mundi", el último cuadro atribuido a Leonardo Da Vinci que se subastó el otro día en Christie´s. Llevo desde entonces preguntándome por el futuro que aguarda a esta grandiosa obra de arte de inspiración católica en manos de multimillonarios musulmanes, ya sean saudíes o de los Emiratos Árabes, porque aún no está clara la procedencia del capital ni el destino que tendrá esta admirable representación de Jesucristo en una cultura del Islam que prohíbe la representación artística del ser humano. Todo apunta a una ambiciosa inversión, otra operación financiera más de los jeques del petróleo, tan capaces de llevarse un Mundial de fútbol al desierto y de amputar el escudo del Real Madrid como de especular con la sagrada espiritualidad con el fin de acumular más dinero.
Ya me gustaría a mi creer que es el amor lo que mueve el mundo, como dicen las películas románticas. En el fondo todos sabemos que es la pasta la que tiene la culpa de todo, pero nos parece feo decirlo, y más aún a falta de tres semanas justas para la Navidad. Cuando te haces mayor, te vas dando cuenta de la capacidad motriz que tiene el dinero, de cómo moviliza voluntades y de lo mal que nos sentimos al darnos cuenta. Yo, por lo general, me suelo poner así de pesimista cada año por estas mismas fechas, cuando veo que en la cultura occidental cristiana nos entregamos a celebrar la fiesta del amor y de la familia a golpe de tarjeta de crédito. Sin acabar de ser muy conscientes, medimos la calidad de nuestras fiestas navideñas en magnitudes como la cantidad de comida y bebida que ponemos sobre la mesa y el presupuesto en regalos. Así tendrá que ser, porque así celebramos los seres humanos. Pero todos reconoceremos en nuestra conciencia más íntima que estaríamos más orgullosos de nosotros mismos si fuésemos capaces de distribuir un poco mejor tantos besos, abrazos y regalos entre el resto de meses del año, esas épocas grises en las que a menudo echamos de menos un poco de esa sensibilidad y empatía que ahora estamos dispuestos a derrochar.
Llegados a este punto, vayamos con las matizaciones. El dinero no da la felicidad, por supuesto, firmo eso ahora mismo donde sea. Evidentemente yo apostaría a que el dicho lo alumbró alguien que no tenía un duro y pretendía darse ánimos a si mismo y blindarse contra la compasión de los demás. Algo así como la zorra de la fábula, que renunció a seguir saltando para morder las uvas con la excusa de que estaban verdes, cuando en realidad estaban demasiado altas para alcanzarlas. A pesar de todo esto, diciembre suele ser el mes en el que tradicionalmente soñamos con hacernos ricos, y por eso participamos en esa ilusión colectiva que es la Lotería de Navidad.

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