Los jueves disfraz

27.11.2017 | 04:45
Los jueves disfraz

Los usos y costumbres de los humanos mudan con los tiempos y en los nuestros, con la aceleración delirante que ha traído la tecnología puntera mucho más. Solo hay que tener ojos en la cara para darse cuenta de cómo han cambiado las formas de comer, de beber de ligar - o tempora o mores- y de celebrar las fiestas y efemérides.
No hay más que asomarse a aquel pasado cercano pero tan diferente, de hace apenas cincuenta años, que nos está recordando La Gaceta en los fascículos del libro de Rubén Martín Vaquero y Tomás González. Instantáneas que reproducen un mundo que para nosotros era cotidiano, casi inmutable y para nuestros hijos es pura arqueología.
No es fácil opinar sobre la actualidad sin caer en la complacencia de la nostalgia, ni en el ridículo sectarismo conservador de ensalzar el pasado en oposición a la actualidad. Lo cual no quita que algunas de las costumbres actuales nos parezcan estúpidas. Por ejemplo la de los jóvenes universitarios de disfrazarse quieras o no todos los jueves del curso académico es una pura gilipollez.
Una moda establecida desde hace algunos años por los estudiantes, de celebrar cada fiesta de su facultad, sea San Alberto en Ciencias, San Raimundo en Derecho o cualquier otro con una rutinaria, cansina y deslavazada fiesta de disfraces, rematada a las puertas de las discotecas, que por su repetición cada jueves de la semana, acaba en una paupérrima algarabía que siembra la ciudad de salteados grupos de presuntos bomberos, atrabiliarias indias o fontaneros de mono raído.
Tal es el variopinto ajetreo de los jóvenes festeros. Que por cierto, se amorran a la litrona callejera con la misma contundencia y afición que hacíamos sus mayores en el trasiego de vinos por los bares de moda de aquella época: La Calleja, Sexmeros, Espoz y Mina escenarios hoy apagados y desvitalizados.
Son maneras diferentes de celebrar, de alternar, pero está de disfrazarse cada jueves con un atuendo de baratillo, con cuatro tiras de papel de seda y dos remiendos, por cansina y monótona ha desvirtuado y vulgarizado las verdaderas fiestas de disfraces de Carnaval y convertido acontecimientos célebres, por ocasionales, en aburridos desfiles de jóvenes disfrazados de albañiles o de presuntas enfermeras.

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