Temblores

26.11.2017 | 04:45
Joaquín Leguina

Llegué a Santiago de Chile en febrero de 1973. Viajé hasta la capital de Chile para trabajar como funcionario de la ONU en la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), y, más concretamente, en el Centro Latinoamericano de Demografía (CELADE), que entonces dirigía una ilustre panameña, Carmen Miró. Llevaba también otra intención: asistir al "proceso hacia el socialismo" que se había iniciado allí tras la victoria de Salvador Allende en la elecciones presidenciales de 1970. Como es de sobra conocido, aquella aventura acabó en un golpe militar que impuso a sangre y fuego una dictadura que duró 15 años.
Alquilé un ático (penthouse lo llaman allí) y la primera noche que dormí en él me desperté al sentir que la cama se movía. Este hecho, tan insólito para mí, lo comenté al día siguiente en la oficina, provocando risas y mofas: "Ya te irás acostumbrando. Aquí hay sismos casi todos los días", dijeron.
No fui yo el primero en sorprenderse de tales temblores. Muchos años antes, en 1835, Charles Darwin anduvo por Chile y tuvo allí su primera experiencia telúrica. A este propósito escribió: "Un segundo de tiempo ha engendrado en mi ánimo una extraña idea de inseguridad".

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