El pasado que puede volver

23.11.2017 | 04:45
Tomás Pérez Delgado

El 18 de julio del 38 Azaña pronunció en Barcelona un importante discurso en el que solicitó una mediación internacional capaz de restaurar la paz en España, que exigiría de los españoles, a su vez, practicar la piedad y el perdón recíprocos. Santos Juliá traza el largo recorrido de ese ideal de concordia que ya rondaba en la cabeza de Azaña en 1937 (Transición, Galaxia Gutenberg, 2017). Formulado infructuosamente en Barcelona, se materializó por primera vez en el encuentro Gil Robles-Prieto de 1947; continuó después en la propuesta de "reconciliación nacional" del PCE, en 1956, tras los sucesos estudiantiles de aquel año; prosiguió en el Contubernio de Munich del 62 y culminó felizmente en la Transición de 1975-78.
Desde entonces España es una democracia, inserta en el ámbito internacional definido por la UE y la OTAN, que ha logrado sortear embates como el golpismo tardofranquista, el terrorismo etarra y, en otro plano, la reconversión industrial de los ochenta, el acoplamiento al euro y la gran recesión de 2008. Gracias a un ingente esfuerzo colectivo y a la capacidad de nuestras élites -a pesar de distorsiones como la corrupción política-, los españoles hemos visto incrementarse exponencialmente en estos últimos cuarenta años nuestro nivel de bienestar. Sin embargo, el peneuvismo, primero, y luego, con sesgo aún más radical, el nacionalismo catalán, fueron abrazando lo que precisamente Arzalluz estigmatizó en el debate constitucional del 77-78 como "escapismo autodeterminatorio".

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