1917: La zarza y la ceniza

09.11.2017 | 04:45
Tomás Pérez Delgado

En "La bahía perdida", imperecedera novela sobre el apagamiento del fulgor de Octubre, Manès Sperber, que como Semprún, Koestler y tantos otros vivió ese proceso desde dentro, narra la leyenda de la zarza incandescente destinada a calentar a los desheredados de la tierra. Muy pronto –dice-, apenas brotaron las llamas, surgieron dudas sobre aquel fuego y los nuevos amos decidieron castigar con el terror a quienes osasen decir que se había apagado. Todos temblaban de frío, pero los jerifaltes hablaban de un calor inextinguible y exigían replantar constantemente nuevas zarzas, para reavivar un proyecto que, en realidad, había caducado.
Cien octubres después, apenas queda memoria de la revolucionaria zarza original. Putin, forjado en algo tan soviético como el KGB, acaba de inaugurar el Muro del Dolor, en recuerdo a las víctimas del comunismo. Y es que la victimación en distinto grado de millones de personas fue el precio pagado por la destrucción del zarismo, la construcción de un gran imperio y la veloz modernización económica asentada en los tres pilares sobre los que Stalin edificó el sistema soviético: expropiación del campesinado, industrialización acelerada y terror sistemático sobre la población, sin excluir siquiera a la nueva clase dirigente, es decir, al Partido.

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