Lengua y generaciones

04.11.2017 | 04:45
Alberto Estella

Asciendo hasta la Plaza de Anaya, por la que vagan los espíritus de tantos ilustres lingüistas —Tovar, Lázaro, Zamora—, y sorprendo, intercambiando sin duda palabras —¿qué otra cosa podía ser?—, al académico Julio Borrego y a Juan Francisco Blanco, que pastorea salmantinismos en estas páginas. Acababa de leer la reseña de un libro, "Del estraperlo a postureo", en que Mar Abad recopila los términos más representativos de las cuatro últimas generaciones españolas: la del silencio (nacidos en 1920 y 1930); de los "baby boomers" (traídos al mundo en las décadas de 1940 y 1950); la generación X (1960 y 1970); y los "millennials" (1980 y 1990). Con tal coincidencia hallé la excusa para zafarme de la cosa catalana. De nada.
Uno pertenece a la generación del "boom de los bebés" que se produjo en España tras la guerra incivil, como en EEUU o Australia después de la IIª Gran Guerra, un crecimiento insólito de las tasas de natalidad. Cuando el empleo de la palabra "viejo" no era peyorativo, y aún no se había inventado lo "políticamente correcto", que nos atenaza y obliga a corregir lo escrito espontáneamente, porque siempre hay un ofendido, sea feminista, progre de moqueta, animalista, vegano, homo, payaso €Nunca falta un voluntario de hipersensiblidad postiza dispuesto a exclamar ¡Uyyy lo que ha escrito€!
Nací el año llamado del hambre, porque los mozos de ambos bandos acababan de pelear o morir en el frente, no se había sembrado pan, y los batuecos se habían comido hasta las reses bravas. Por eso conocí el estraperlo, el mercado negro del aceite, el azúcar, de todo, hice colas con la Patro, cartilla en mano, para el racionamiento. También conocí a algunos estraperlistas (por cierto, que Strauss y Perl fueron monjitas comparados con Correa, el bigotes y demás tropa actual). Y de los 50 debe ser Paco Novelty, en cuya última "Escaramuza" en este diario, mostraba su acrisolada charrería, empleando expresiones de las gentes del campo, como este otoño "áspero y tropezado" —así es—, o "el posío ni se ha enverdinado" (aclaro a los lectores no avezados que los posidos, pronúnciese posíos, son los terrenos destinados a pastos, rodeados de tierras labrantías, que por la falta de agua están ciertamente hechos unos secarrales).

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