Calabazas

01.11.2017 | 04:45
Santiago Juanes

Miramos al cielo como campesinos, esperando a la lluvia, que los partes del tiempo anuncian, por fin, aunque la cantidad necesaria para aliviar la sed de los campos y los embalses sería la del Diluvio Universal. Ahora entendemos qué tiene el agua para que la bendigan. Ángel Rufino de Haro, el Mariquelo, llamó ayer a la lluvia desde la Torre de Campanas de la Catedral, que sigue ahí de milagro tras el Terremoto de Lisboa. El milagro se llamaba Baltasar Drevreton, que reforzó la base y puso freno al efecto de las grietas, de paso que aliviaba los temores del Obispo, que abandonó su palacio como alma que lleva el diablo por si la torre se venía abajo. El Mariquelo reunió de nuevo a sus fieles. Cecilio Botón lleva siguiéndole desde que comenzó y tiene el corazón partido entre aquel Mariquelo que realizaba la proeza de alcanzar la veleta y este que se queda más abajo, pero hace sufrir menos. Riesgos, los justos.
Al Mariquelo le dio calabazas el Cabildo al decirle que ni la bola ni la veleta se tocan, y que la acción de gracias podía hacerse perfectamente a la altura de las campanas. A los pies hay una puerta que mira al Patio Chico que algunos llaman de las calabazas por la que salían quienes no superaban los exámenes de grado en la Capilla de Santa Bárbara. Por la parte universitaria somos tierra de calabazas, tanto por los estudios como por las relaciones personales.

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