La Santa Compaña

30.10.2017 | 04:45
La Santa Compaña

La votación de la independencia catalana me pilló en los bosques de Ourense, por donde campa la Santa Compaña y de manera especial estos días. Almas en pena, como los consejeros de Puigdemont cesados por el artículo 155, y como el propio Puchi y Junqueras. La procesión de almas que solía aparecerse para avisar de una calamidad, o sea, muerte, no visitó el Palau de la Generalitat para advertir, y pasó lo que pasó. Qué mala idea; no extraña que estén en el Purgatorio, como explicaba en el siglo XIX Xesús Rodríguez López, uno de sus mejores conocedores de ellas, y no salgan de él ni con los buñuelos de estos días. Puedo imaginarme al destituido gobierno catalán, a sus fieles de confianza y a los miembros del Parlament yendo de acá para allá en Santa Compaña en este primer día laborable tan especial para ellos y para los que les han sustituido. José Luis Cuerda podría sacar de aquí una película como aquella de El Bosque Animado, basada en una novela de Wenceslao Fernández Florez, y rodada en Puerto de Béjar. Naturalmente, libro y película son necesarias para andar por la vida.
Solo en esos bosques espesos de castaños y robles podría nacer la leyenda de la Santa Compaña –si realmente lo es, que tengo mis dudas—y cualquier otra. Hay que imaginar en ellos a aquellos monjes que residían en cenobios perdidos, como el de Santa Cristina, cuyo guardés me contó que no teme a la procesión de almas sino al fuego, y lo ha tenido muy cerca estos días de atrás. Cuenta historias sobre el fuego que no se pueden relatar de noche porque la pasarás en blanco y entonces sentirás la presencia de las almas y vaya usted a saber. Santa Cristina es uno de los monasterios más impresionantes del románico de esa Ribera Sacra de árboles que miran a la ladera de enfrente o más bien a su capa de viñedos, y estuvo amenazado. El Sil separa a unos de otras, y el Sil es mucho Sil aunque el Miño tenga la fama, me han contado este fin de semana. El Sil da el agua al Miño. El de Santa Cristina no tiene la espectacularidad del de San Estebo, convertido en apabullante Parador Nacional, pero tiene un encanto que te cautiva, te enhechiza, diríamos por aquí. He leído que en el pequeño monasterio de Santa Cristina llegó a haber un solo monje, que vivía como un eremita en él, entre leyendas, ruidos misteriosos, sombras de origen desconocido. Movimientos extraños€Ahora, sume las peculiaridades de esa zona a las cercanías del Día de Difuntos y dígame si no hay que tener mucha fe para llevar esa vida.

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