La dignidad de Manolo Asenjo

20.10.2017 | 04:45
Ángel J. Ferreira

En el silencio se ha ido Manolo Asenjo. Desde hace casi diez años había desaparecido de la escena pública, la enfermedad lo había arrasado y vivía en una residencia próxima a Salamanca, donde de vez en cuando recibía la visita de algunos amigos. Pero ya no se hablaba de él porque la mayoría no sabía nada de su vida. El gran pintor que fue dejó de exponer hace tanto tiempo, y seguro que algunos al ver su esquela el otro día se preguntarían a sí mismos: ¿pero aún vivía? Y sí, vivía y sufría.
Le recuerdo, como si fuera hoy, hace sesenta años, niños ambos, viviendo uno enfrente del otro, en la calle Correhuela. Nuestras casas las compartíamos con total desenvoltura y yo disfruté en la suya de momentos plenos de felicidad. Muchas veces la he llamado Casa Esperanza porque ese era el sentimiento que allí se vivía y porque así se llamaba su madre, una mujer vitalista y alegre como pocas, con su marido, el pintor Manuel Guerras, inteligente y dinámico, que hubo de abandonar su vocación artística para hacerse empresario y sacar adelante a su larga prole: Espe, Tita, Carmen, Conchi y Paloma, con Manolo, al que tanto querían sus hermanas, en medio. ¡Ah!, y me olvidaba de la tía María, muy viejecita, y con un halo de misterio porque decía que se le había aparecido la Virgen, y eso imponía. En Casa Esperanza, llena de luz, reinaban las mujeres.

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