En torno al abedul

18.10.2017 | 04:45
Alberto Estella

El pasado puente Salamanca fue invadida por los forasteros. El columnista lo comprobó nada más salir del pupilaje, equidistante de la Plaza de Anaya y del Patio Chico, las catedrales por medio. Parecían la Acrópolis ateniense o el Foro Romano en día festivo, el Metro madrileño de Sol en hora punta. El indígena, cardiópata, pasea por obligación, pero también por devoción y gusta de charlar con su amigo el abedul, que resiste en su esquinita los orines sobre el alcorque y las navajas en su corteza. Le agrada sentarse frente al Palacio de Anaya, donde estarían las casuchas que derribó Thiebault; tomar un café en la deliciosa cafetería de Casa Lis; y otear el sur desde el huerto de Melibea, por cuya tapia se despeñó Calixto, frente a la casa de Basilio Martín Patino. No acude allí precisamente a recolectar lombardas, sino a leer y dejarse llevar por los festivos pensamientos que proporcionan el Barrio Antiguo y la vida recobrada.
Pero algo tan grato, teniendo que buscar sombra y asiento libres, ir sorteando grupos de turistas, peregrinos que buscan albergue en la Casa de la Calera, pandillas de jóvenes y vecinos endomingados, ha resultado ingrato en el puente del Pilar, durante el que la ciudad dejó de ser lo apacible que señaló Cervantes. Tal trajín es como si San Juan de Sahagún redivivo hubiera cambiado el "¡tente necio!" al toro por un "¡vente recio!" al turista, alentando a la marea humana que ascendía desde Rector Esperabé.

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