Hacia un callejón sin salida

16.10.2017 | 04:45
Hacia un callejón sin salida

Hace un tiempo fue un vestido y ahora es un par de zapatillas. Como mucha gente, yo las veo grises y celestes, pero otros tantos aseguran que son de color blanco y rosa. Seguramente se habrán topado en Internet con esta nueva polémica de pacotilla, una de esas distracciones a las que nos abandonamos cuando queremos tomarnos un respiro del lio de Cataluña. Pensamos que la realidad ha de ser única e incontestable, pero siempre nos sorprende alguien que sostiene un discurso paralelo e incluso opuesto, esgrimiendo una interpretación completamente distinta a la nuestra de los mismos hechos. Y en esas estamos hoy los que defendemos el orden constitucional y quienes en Cataluña aspiran a la independencia o, al menos, a tener la potestad de decidirla. Manejamos distintas nociones de democracia, de opresión, de libertad. Hasta de fascismo.
Nos sorprendía hace meses la llegada a la opinión pública del concepto ´posverdad´, un término alumbrado en 1992 en un ensayo sobre los escándalos políticos en EEUU y que irrumpió en 2016 de la mano de la campaña de Trump y el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. "Post-truth" fue declarada ´palabra internacional del año´ por el Diccionario Oxford por su espectacular aumento en el uso diario. En los escenarios de la posverdad no importan tanto los hechos comprobados sino la apariencia de verdad. Y que esta forma de analizar la realidad ya se haya instalado entre nosotros es, como poco, escalofriante.
Los dirigentes independentistas catalanes han observado una cuidadosa cautela a la hora de exponer sus posturas a un cara a cara ante periodistas o políticos con criterio fundamentado y razonablemente beligerantes. Me viene a la memoria un debate entre Josep Borrell y Oriol Junqueras en un canal de televisión privado de Cataluña o la reciente entrevista de Jordi Évole a Carles Puigdemont en la que los apuros de los secesionistas y su falta de argumentos ante hechos contrastados y preguntas comprometedoras traspasaron la pantalla y se hicieron virales. Al mensaje victimista de los defensores de la independencia no les conviene exponerse a naufragios en directo. De hecho, cada vez resulta más inusual encontrar en este país a políticos de nivel que se presten a un cuerpo a cuerpo público sobre su ideología o su gestión. Por eso cuesta tanto organizar debates electorales televisados en las campañas. Los asesores, una especie que hoy se reproduce de forma descontrolada y está alcanzado los niveles de plaga peligrosa, quizás no sepan muy bien cómo ganar unas elecciones, pero sí cómo no perderlas: evitando riesgos innecesarios.
Hoy toca movimiento en esta partida de ajedrez en que se ha convertido el conflicto de Cataluña. Volveremos a estar pendientes de las palabras con las que la Generalitat redacte la respuesta al requerimiento del Gobierno. Cada día se complica más la posición de Carles Puigdemont y los suyos. Ya se metieron en gravísimos problemas al saltarse la ley en el Parlament para tomar el atajo que más les interesaba hacia sus objetivos, pero tras la decepción que generó el gatillazo político de la pasada semana, el antaño hermético frente independentista se ha convertido en un avispero. El temido choque de trenes ha dejado paso a una partida de estrategia en la que la división interna puede conducir al desastre.

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