El delito del flautista

09.10.2017 | 04:45
El delito del flautista

Tienen las parábolas y los cuentos infantiles el impagable mérito de encerrar, de modo más o menos identificable, la sabiduría de siglos de vivencias humanas. Es justo reconocer que algunas narraciones han envejecido bastante mal, pero esta historia del ´procés´ catalán me ha recordado siempre, y lo he mencionado unas cuantas veces, al flautista de Hamelín que limpió su pueblo de una plaga de ratas con el mágico sonido de su flauta y que, al no recibir el pago estipulado por el rey para librar al población de ese maleficio, se llevó, atraídos por el encanto de su música, a todos los niños del pueblo- Las distintas versiones del cuento difieren sobre el destino de los niños, feliz o infeliz, lo mismo que no podemos predecir en estos momentos cómo acabará esta locura colectiva a la que los independentistas han conducido a Cataluña. Lo cierto es que, tras la espiral de acontecimientos vividos en los últimos días, el presidente Puigdemont y sus acólitos parecen haber empezado a tomar conciencia del lugar al que irresponsablemente han arrastrado a la sociedad catalana, y en buena parte también a la española: el borde del precipicio.
Y esto es una cosa bien distinta, amigos. El abismo de la declaración unilateral de independencia ha estado a dos pasos, y allí abajo hace mucho frio. Los signos han llegado claramente: primero fue la cara de pocos amigos del Rey, que en su alocución evitó muy conscientemente cualquier signo de condescendencia paternalista con los instigadores de la rebelión de cuello blanco; luego llegaron las críticas en el Pleno del Parlamento Europeo, más tarde las advertencias de las instituciones financieras internacionales y ya, al final, los traslados de sede de empresas catalanas. Demasiado viento en contra para las osadas embarcaciones que, al estilo de los almogávares de la Gran Compañía Catalana, surcaron el Mediterráneo allá por el siglo XIV ondeando la cuatribarrada con destino a Tierra Santa en busca de gloria y fortuna.
Los protagonistas de la revolución de las sonrisas y las flores han empezado a torcer el gesto. Y sus víctimas inocentes, en el sentido más peyorativo. Esto no está siendo como nos lo habíais contado, Carles. Salimos a la calle a expresar nuestro derecho a decidir, como nos dijisteis, pero cuando llevamos a nuestros padres y abuelos a vivir la ilusión de construir con votos nuestra nación, una gente de negro nos dijo que no podía ser, que eso era ilegal. En la tele, la nuestra, esa donde se cuenta la verdad y no esas historias manipuladas de Madrid, nos dijisteis que todo estaba bien, que incluso habíais aprobado leyes que nos conducirían a la independencia. ¿Qué ha fallado, Carles? ¿Hay algo que no nos hayáis contado? Las dudas crecen, en la tierra prometida quizás no mane leche y miel de las piedras. Artur Mas, el primer culpable de la zozobra en la que hoy vive el pueblo catalán, no logra disimular sus inseguridades en una entrevista al Financial Times para luego apresurarse a rectificar al prestigioso medio. Oriol Junqueras, el Alfonso Guerra del independentismo, sugiere ahora la necesidad de dialogar. Comienzan a comprender la magnitud del desastre económico al que podría conducir al pueblo al que gobierna. Y sabido es que el órgano más sensible del burgués catalán medio es el bolsillo.

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