El zorro acorralado

06.10.2017 | 04:45
Susana Magdaleno

El lunes España amanecía con unos independentistas envalentonados después de ganar la batalla de las imágenes en la jornada del 1-O y unos demócratas divididos y angustiados.
Hoy los corazones siguen encogidos, pero existe la esperanza de encontrar una salida que frustre el golpe de estado. Puigdemont ha bajado de su estrado de la prepotencia y suplica mediación, después de que todas las salidas que veía se le fueran taponando conforme transcurría la semana.
Empezó el Rey, que lejos de hacer un canto al buenismo fue directamente contra la Generalidad, ofreciendo cariño y apoyo a los que sufren la ilegalidad catalana.
Su discurso dio alas a todos aquellos demócratas que empezaban a temer, en parte por el silencio del Gobierno, que nadie les daría la razón. Respaldados por las palabras de Felipe VI comenzaron las manifestaciones de apoyo a Policía y Guardia Civil y la mayoría silenciosa catalana comenzó a denunciar las barbaridades a las que están siendo sometidos.
Habló el Rey, que en su intervención más arriesgada salió victorioso y reforzado, y se pronunció el Parlamento Europeo, dándole la razón al Gobierno de España y no a Puigdemont, que sufrió así su segundo gran e imprevisto batacazo. Resulta que era mentira que la Policía había roto los dedos a una mujer "uno por uno" -como contaban los sensacionalistas cronistas de la Generalidad-.
El cuento de Puigdemont se desmoronaba... y la indignación del ciudadano de a pie en el resto de España aumentaba hasta el punto de llevar al desplome en bolsa a Caixabank y Sabadell.

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