Ruido, ruido, ruido

02.10.2017 | 04:45
Ruido, ruido, ruido

Tanto ruido que al final por fin el fin. Así cantaba el Sabina en aquel extraordinario L.P. de "esta boca es mía". Y eso es lo que hemos soportado durante meses, ruido de papeles, de pancartas, de voces airadas, de jaleos intolerables "A por ellos oé". Y de gestos de sedición, que ahora, cuando lean estas líneas, tal vez empiecen a sosegarse y a buscar otras melodías en una mesa más amable, donde se hable de política, o sea de poder. Pero quiero hoy hablar del ruido real, físico y mensurable en decibelios, que atruena el centro de nuestra ciudad con una contumacia y una contundencia extraordinarias
Hace unos días, ocurrió en los alrededores la Plaza del Liceo, a las dos de la madrugada, saltó la alarma de una joyería, con un ruido tan chirriante como obsesivo, que despertó a la vecindad. Para atajar el estrépito acudieron dos coches de Policía Municipal, uno de la Nacional y -pásmate- uno de la Dirección General de Tráfico, que tardaron, para desesperación del vecindario que contemplaba enervado la escena desde los balcones, casi una hora en desconectar la aguda alarma de la joyería.
Estamos martirizados por múltiples ruidos insoportables, que crispan los nervios de los peatones tanto o más que los de la actualidad, aunque ninguno tan insufrible como el de ese absurdo furgón de limpieza, que a modo de aspiradora gigante recorre las calles con su trompa de tubo succionando el pavimento en busca de cada colilla minúscula o de cualquier ínfimo papel que haya en el suelo. Un mamotreto motorizado que emite un ruido ensordecedor, de un coste económico en combustible y daños medioambientales desproporcionados comparados con su modesto papel de aspirador urbano.
Ruidos nocturnos de los atronadores camiones de basura, de los del riego, de los que recogen los contenedores a todas horas. Por no hablar de las voces destempladas de algunos energúmenos trasnochadores que no se saben ni una canción, ni una ranchera, ni un bolero que entonar al alba de regreso a casa y sólo vociferan a gritos su monocantinela de "Campeones Campeones oé, oé oé " sin precisar la actividad y el equipo al que conceden el título a pleno pulmón.
Ruidos ridículos de las retahílas de novatos/as universitarios/as, que año tras año mediado septiembre, recorren en pijama la ciudad entonando la eterna cantinela de " que buenas/os son las hermanas/os veteranos/as que buenos son que nos llevan de excursión. Un prodigio de letra creativa resistente a cualquier secesión.

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