La concordia es posible

02.10.2017 | 04:45
La concordia es posible

En Budapest, Viena o Praga, sobre todo aquí, en la capital checa, me han preguntado por Cataluña. Por el referéndum. Esta ha sido la gran victoria del "prucés", el haber sido una extraordinaria campaña de márketing del independentismo catalán, cuyo mensaje se ha hecho global: ya es conocido en todo el mundo y todo el mundo habla de ello, a lo que ha contribuido el episodio de la intervención de las Fuerzas de Seguridad del Estado, que tan buenas imágenes han propiciado para la prensa internacional. El choque de trenes, al final, se ha llevado por delante a cientos de ciudadanos convocados en las urnas por el gobierno independentista, y ha dejado en la oscuridad la realidad de la ilegalidad de este referéndum, con una manipulación permanente desde la Generalidad, y todos los defectos legales y formales del mundo. Parecía un homenaje a Groucho Marx en el aniversario de su nacimiento. Doy por seguro que a pesar de todo se obligue este 2-O a cambiar según que cosas, lo cual ni es fácil ni va a ser sencillo. Pero ahí estamos.
Una campaña con un lema, "queremos votar", que se compra muy bien porque quién no desea votar, y con ello se defiende la democracia, una democracia deseada, tanto como si no hubiese existido en Cataluña. Una Cataluña oprimida, sumida en la pobreza y con su cultura en riesgo. Un mensaje tan simple, que parece de Barrio Sésamo, y al tiempo eficaz. Atentos ahora a otro elemento que se vende muy bien: el victimismo. Las imágenes que el independentismo catalán va a vender desde hoy tendrán que ver con las de un país que quería votar, porque desean la democracia y al que se lo han impedido retirando urnas y apaleando a los ciudadanos en las puertas de los colegios electorales, o lo que fuesen. España queda como estado opresor, que ha llevado allá fuerzas de ocupación para impedir el voto, como si los soviéticos hubiesen cambiado Vaclauske Namesti (Plaza de San Wenceslao) por la de San Jordi y lo de ayer hubiese formado parte de una Primavera de Praga en el otoño de Barcelona. Y Piqué, llorando sin consuelo. Vamos a ver cómo se desactivan los efectos de esa campaña de imagen del independentismo, que ha llevado su causa a la Casa Blanca cuando hasta ese momento ninguna cancillería quería saber nada de él, y que ha provocado algunas reacciones internacionales. El ministro de Exteriores va a tener que echar horas en ello y dar muchas explicaciones, le sean demandadas o no.

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