Fuegos artificiales

24.05.2017 | 04:45
Santiago Juanes

Eran días de competiciones, teatro, cine y fuegos artificiales. Las fiestas de María Auxiliadora eran un respiro cuando el curso se terminaba y los últimos exámenes iban mordiéndote el calcañar. Hacía calor, como ahora, y se sentían el verano y las vacaciones muy cerca. Además, las hormonas campaban a sus anchas, descontroladas. Curiosamente, a estas alturas, estábamos hartos del colegio, pero nadie quería irse del patio: competías con tu clase, había desembarco de alumnas salesianas del "San Juan Bosco", podías hacer el ganso en la función teatral y todo terminaba, además, en fuegos artificiales, como en una peli de las buenas, de aquellas que siempre caían en estas fechas. José Luis Lozano, al que se llamaba "parlante" e introdujo el amor por el cine y las ciencias en cientos de alumnos —no fue mi caso, que acabé en letras— era un apasionado de este arte de los fuegos y allí estaba el primero para chiscar la mecha del broche final a las fiestas.

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