Inseguridad global

15.05.2017 | 04:45
Inseguridad global

Estas cosas no pasaban con las máquinas de escribir. Y menos aún cuando nos enviábamos cartas escritas a mano, en las que la única sorpresa que te podías llevar al abrir el sobre era el aroma de un perfume o varios pétalos de flor a modo de regalo de enamorada. Pero no es amor precisamente lo que comparten los virus que asaltan hoy los ordenadores en red de todo el mundo. La alarma es mundial, la preocupación es máxima, pero son pocos los elegidos que comprenden la dimensión del riesgo que nos acecha. Y seguramente serán muchos menos quienes tengan alguna noción acerca de las personas, organizaciones e intereses que se esconden detrás de la autoría de esta perversa maniobra.
Le llamamos ciberataque y ya se está viendo el peligro que comporta. Por cierto, que gracias a la noticia he sabido que en España tenemos un Centro Criptológico Nacional que está trabajando en ello bajo la sabia dirección de un responsable con un apellido muy apropiado para dedicarse a guardar datos o lo que sea: Javier Candau. El peligro estriba en función de la importancia de la información que contengan los datos que guardamos en nuestros ordenadores. Probablemente los documentos que guardamos usted y yo carecen de importancia vital y podríamos seguir con nuestra vida normal aunque nos atacara este virus "WannaCry" secuestrador de archivos. No es el caso de los incontables equipos y empresas a los que está afectando el maldito ´bicho´, cuyo número ha crecido en expansión constante desde que escribí estas líneas hasta ahora. Muchas de estas instituciones nos ofrecen sus servicios, gestionan nuestro capital, vigilan por nuestro bienestar, y de hecho les pagamos para eso. Si su funcionamiento se ve afectado, nuestra vida diaria se verá alterada, y está aún por ver en qué medida.
Me acuerdo ahora de Mariluz, que vive en su pequeña granja junto a la carretera entre Juliaca y Puno, muy cerca de la orilla peruana del Laco Titicaca. Allí vive junto a sus niños, rodeada de sus alpacas y sus llamas, entregada al cultivo de una amplia variedad de papas, la elaboración de queso y la confección de delicados tejidos de lana. Nuestra visita no llegó a prolongarse ni apenas una hora, pero ese escaso plazo fue suficiente para comprender que a la granja de Mariluz, en aquel aislado paraje por encima de los 3.000 metros de altura en la provincia más pobre del Perú, difícilmente llega internet. "Ni falta que hace", me podría contestar yo mismo. La señora Mariluz no necesita una página web que promocione su rico queso ni sus suaves bufandas de alpaca. Millones y millones de personas en todo el mundo como Mariluz seguirán con sus vidas ajenas a esta alarma mundial, y muchos tal vez nunca lleguen a enterarse, salvo que afecte a la economía de su país y se les pongan por las nubes los precios de los suministros básicos.

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