Sacudirse las pulgas

06.05.2017 | 04:45
José Antonio Bonilla

Una esbelta torre de la alquería de Riolobos, en el Campo de Peñaranda, llama la atención al que pasa por allí. Un gran rebaño riberiego, para aguantar el sol de justicia se acarraba. El mastín dormita, el carea ladra, sin ganas, enseguida deja de hacerlo. Bonita forma de guardar un rebaño. Ruidos extraños salen de una casa con la puerta de doble hoja, abierta la de arriba. Me asomé a ver lo que ocurría. Era el pastor, en cueros, sacudiendo las ropas contra un poste que sujetaba la viga, y, en ocasiones, se daba manotazos por el cuerpo, sin saber donde acudir primero. La amplia cocina, sin escaños, sin pucheros, completamente vacía, abandonada, en tiempos se guisaba para quince o veinte personas a diario. Las pulgas se lo estaban comiendo vivo. El pastor debió sentirse como el rey Rodrigo cuando lo metieron vivo y desnudo "en una tumba llena de culebras, sapos y lagartos, y allí a dos días dijo el rey desde dentro de la tumba con voz doliente y baja: ya me comen, ya me comen por do más pecado había". No pude echarle una mano porque ganó la parte que tengo de aprensivo sobre la de sentimental. Lamenté lo sucedido.

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