El final de las rentas antiguas

29.12.2014 | 04:45
El final de las rentas antiguas

Hemos asistido hace unos días con consternación y cierta melancolía a la clausura de un establecimiento histórico de la ciudad, me refiero al cierre definitivo de La Rayuela, el bar de copas de La Rúa, enclavado en un edificio histórico, con acogedora decoración y excelente música de jazz, que durante tatos años nos dio de beber con profesionalidad y garantía.
Pues bien, los inquilinos del local, acuciados por la entrada en vigor de las nuevas rentas derivadas de lo que se conoce como la Ley Boyer, que pone fin a los contratos de renta antigua, no han podido hacer frente a la subida que solicitaba la propiedad y han bajado la trapa. Una lástima.
Los casos se repiten una y otra vez y han afectado a locales que son casi instituciones, como el mítico Café Central de Madrid, que anuncia su clausura y por supuesto a innumerables ferreterías, mercerías, ultramarinos y tiendas de confección entra otras muchas, que ya subsistía con gran dificultad ante el acoso implacable de los centros comerciales y ahora desaparecerán definitivamente llevándose con ellas los restos de comercios y tiendas consolidadas y la memoria mercantil con la que configuraron las ciudades a las que dieron lustre y vida.
Carteles y rótulos con nombres de pañerías, cuchillerías, ultramarinos, se caerán definitivamente de las fachadas y hasta el sustantivo que identificaba tales comercios desaparecerá paulatinamente de nuestro acervo léxico. Será difícil que un niño que hoy tenga cinco años sepa dentro de diez, que era un ultramarinos o una mercería de la misma manera que hoy casi nadie sabe que es una talabartería o una abacería. Muerto el oficio se acabó el nombre.
A cambio asistimos a la paulatina, pero implacable, uniformidad urbana derivada de la nueva actividad comercial. Las multinacionales de más prestigio y de mayor potencial, Zara, Mango, H&M, por hablar sólo de las de ropa, han ocupado las calles peatonales de todas las ciudades del mundo, dando lugar a un paisaje comercial monótono reiterativo e idéntico, el mismo en la Oxford Street de Londres que en la Quinta Avenida de Nueva York o en nuestra más modesta calle Toro. Los similares logotipos en las fachadas, parejos escaparates con idéntica iluminación, semejantes reclamos gráficos y los mismos contratos basura y empleo precario para los trabajadores.

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