Esta sinfonía inacabada

06.12.2014 | 04:45
Alberto Estella

Aquel lluvioso 6 de diciembre de 1978 acudieron a votar casi doscientos mil salmantinos. El 88,17 % dijo SI a la Constitución. Está escrito lo que costó sacarla adelante, el sentido del Estado que alentó a los constituyentes y la generosidad del pueblo español, incluidos los franquistas, que abducidos por Suárez se inmolaron con la Ley para la Reforma Política. Muerto Franco, había que llevar la contraria a Indalecio Prieto, que pronosticó que si la República perdía la contienda incivil, aquí no se podría vivir en paz en los siguientes cien años, y quedaban aún sesenta. En la transición hubo que contestar cabalmente la pregunta angustiosa de Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote: "Dios mío, ¿qué es España?".
Pasados treinta y seis años del referéndum constitucional ¿nos tenemos que hacer de nuevo esa pregunta?; ¿no nos basta con cinco siglos de nación, de historia común, de lengua, derecho, tradiciones€?. Una fiebre reformista, constituyente, invade "la patria común e indivisible" para la inmensa mayoría (divisible para unos pocos desleales nacionalistas, que no quieren reformar la Constitución, quieren irse. Lo llaman "derecho a decidir", y que nos vayan dando a todos los demás, sin reconocernos siquiera a los demás españoles el derecho a votar en su infiel e insolidaria consulta).
Hay que reconocer que las cosas están bastante mal, que España está malherida y casi todas sus instituciones en cuestión, pero no hemos logrado acabar con ella y me niego a tocar ni una sola trompeta del Apocalipsis. No me sumo a quienes ven hundida bíblicamente a esta vieja nación y niegan cualquier posibilidad de regeneración democrática. España es bastante más que los políticos corruptos, los soberanistas periféricos, la maltrecha economía doméstica, y los agoreros del desastre, de igual modo que el fútbol es bastante más que unas cuadrillas de fanáticos y delincuentes arreándose mamporros o matándose. Por la democracia ya no es preciso morir. Decía Foxá „que no era precisamente un demócrata„, que morir por la democracia era como morir por el sistema métrico decimal.

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