El chopo de Cabrera

03.12.2014 | 04:45
Alberto Estella

Mi padre, ya anciano, releía, subrayaba y anotaba escolios en las páginas de un libro en cuyo lomo verde decía "Elogio de la encina". Cuando falleció quedó sobre la mesa de su despacho y lo leí por vez primera, descifrando emocionado sus notas manuscritas. El autor, que no es ingeniero forestal, sino teólogo, concluye: "Nacido en tierras de Castilla yo he vivido ese diálogo vivo entre el desasosiego vertical del chopo, que avanza hacia la altura, y la reciedumbre anclada de la encina. Y no he sabido nunca que admirar más€". Olegario González de Cardedal, con el que luego me han unido tantos aconteceres, intentaba adivinar con su bella parábola de la encina y el chopo, por donde iba la Iglesia en tiempos de inclemencia. Aquella alegoría se me representó desde entonces en el hermoso chopo enhiesto en el atrio de la ermita carmelitana de Cabrera, y el grave encinar de aquel valle, donde acudimos „Unamuno„, a "cerner nuestros pesares".
En la hermosa mañana de ayer, merodeando con Juan Antonio por aquel riñón de la charrería „Frades, Linares, Las Veguillas„, nos acercamos al Cristo de Cabrera a echar un rezo, aún con el corazón "de congojas henchido", por nuestro tercer hombre, Victorino, ido hace tan poco.

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