Cara y cruz de las Españas

03.12.2014 | 04:45
Juan Antonio García Iglesias

Se acabó noviembre y enfilamos el último mes de este desdichado año con la Navidad puesta en el punto de mira, Navidad que ya se ve, se oye y se respira por todas partes. Paciencia, que todo pasa. Lo único que me gusta de la Navidad es su espíritu, para mí tan concreto que sobra lo demás, hasta el extremo que me resulta insoportable.
Pues a ese espíritu responden estas campañas que llaman al prójimo invitándole a la generosidad, espíritu que adquiere un especial compromiso durante estas fechas tan propensas a la largueza de ánimo y que encuentra siempre una respuesta abundante, como la de los salmantinos a la llamada del Banco de Alimentos, llamada a la conciencia de quienes tienen, para ayudar a quienes no tienen, bien porque nunca tuvieron, bien porque han dejado de tener y se han visto de la noche a la mañana en el más absoluto desamparo, sin nada que llevarse a la boca.
Son los pobres de siempre a los que se les suman los nuevos pobres que durante todo el año, día a día, las circunstancias empujan en número cada vez mayor [tanto que ni el Banco de Alimentos, ni Cáritas ni Cruz Roja juntos dan abasto] a los roperos y comedores sociales, son esos que agotados sus recursos se amparan en la caridad para seguir viviendo, y el espíritu navideño es una buena excusa para practicarla a manos llenas, algo que los salmantinos han demostrado saber hacer en esta última "Operación Kilo", que finalizó con un nuevo récord: 180.000 kilos, o sea, 180 toneladas de alimentos para paliar el hambre que, aun cuando no se ve porque se esconde, ahí está, muy cerca de todos nosotros.
Un dato, otro más de los que de vez en cuando Cáritas da a conocer para que las conciencias no se duerman. El presidente nacional, Rafael del Río, ha cifrado en 400.000 las personas que se encuentran en exclusión social en Castilla y León, de las que 128.000 están en situación "severa". Muchos de estos son los llamados "sin techo", pobres de solemnidad que vemos echados por los rincones rodeados de miseria como único patrimonio. Muchos ya ni pordiosean, no porque no crean en Dios, sino porque han dejado de creer en los hombres y se apartan, asqueados, de su vista después de haber perdido todo menos la dignidad, porque "nadie nace „dijo uno de estos que se han visto de la noche a la mañana tirados en la calle„ para acabar así".

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