El conspirador apasionado

24.03.2014 | 00:58
El conspirador apasionado

Hay estrellas de fútbol que, pese a su contrastada calidad, fracasan en los grandes equipos. O entrenadores sin nombre ni pedigrí que saben tocar el resorte emocional de un grupo de jugadores mediocres y logra sacar lo mejor de ellos y un poco más hasta alcanzar el éxito. El deporte no es matemáticas, una ciencia exacta en la que dividas el presupuesto del club por el salario medio de sus figuras y te dé el número de títulos asegurados. Nada en la vida suele funcionar así, salvo las propias matemáticas. Suárez podría no haber sido el dirigente más brillante, ni el más trabajador, ni el más carismático, pero resultó ser el político que necesitaba España en 1976 para guiar a un país confundido, herido y, sobre todo, esperanzado, por el camino de la democracia.
Ayer se fue Adolfo Suárez. Expertos analistas que le acompañaron en sus campañas electorales o escribieron sus numerosas biografías podrán dibujar al personaje con más nitidez y precisión, tanto en su dimensión política como en su talla humana. Pero entre los que le conocimos por televisión se impone la admiración a su capacidad y su visión de Estado en una etapa clave en la Historia de España. Desde que, el viernes pasado, su hijo Adolfo Suárez Illana decidiese compartir públicamente el dolor familiar ante la pérdida, que él ya veía inminente, de su padre, la sociedad española ha abierto las compuertas para verter una cascada de elogios que lamentablemente, el expresidente ya no podrá agradecer. Seguro que hubiera preferido menos loas en la hora de su muerte y más comprensión y colaboración en vida, cuando incluso desde todos los sectores de su partido le ponían palos en las ruedas para obstaculizar su liderazgo.
El abulense no traía un currículum despampanante ni contaba con pedigrí político o recomendaciones de atención obligada, pero tuvo el valedor más adecuado en el momento justo. Suárez vino a ser para España una especie de Colón a escala, un visionario y ambicioso navegante al que un Rey empujó hacia una aventura para la que no las tenía todas consigo.

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