Un buen discurso, pero cojo

26.12.2013 | 04:45
Un buen discurso, pero cojo

Cuando le habíamos dado por amortizado y ya no esperábamos de él sino otro lamentable mea culpa con motivo del mensaje navideño, el Rey se descolgó en Nochebuena con un discurso de altura, pronunciado justamente en el momento más bajo de una Monarquía a cuyo hundimiento ha contribuido a conciencia en los últimos años con sus corinas y sus elefantes. Como el ave Fénix, Don Juan Carlos renacía de las cenizas de la institución con una alocución valiente, en la que por una vez habló claro y por derecho sobre los grandes problemas que nos encogen el corazón.
Su Majestad se mostró sensible con los parados, con los jubilados, con las víctimas del terrorismo, con los inmigrantes y con los emigrantes, y reconoció el sacrificio y el coraje de los más afectados por la crisis. "No podemos aceptar como normal la angustia de los millones de españoles que no pueden trabajar. La crisis empezará a resolverse cuando los parados tengan oportunidad de trabajar". Chapó.
Su intervención sorprendió a los ciudadanos, acostumbrados durante tantos años al sonido nasal y monótono hasta el bostezo de anteriores sermones reales, concebidos como placebo para facilitar la digestión del asado navideño. El monarca supo tocar los asuntos centrales de la crisis política y arrojó sobre ellos el condimento marca de la casa: diálogo y acuerdo.
Otra cosa es que la vieja receta con la que se cocinó la democracia en España siga sirviendo para tanto roto y tanto descosido como sufre la piel de toro en estos momentos. Esa medicina, buena para casi todo, puede resultar contraindicada cuanto enfrente surge un visionario tan insensato como Arturo Mas. Y la prueba de que el Rey patinó en esa parte del mensaje navideño fue la inmediata respuesta del líder de los separatistas catalanes, que pidió "respeto a la voz mayoritaria del pueblo catalán". Solo la osadía de contestar a Don Juan Carlos, casi como de igual a igual, supone mucho más que un indicio de que con el ´Moisés catalán´ no caben diálogos y pactos, porque quien está dispuesto a romper España, saltándose la Ley de Leyes, no caben componendas. Por más que a ratos vuelva a disfrazarse con la piel de oveja del ´seny´ y asegure, como hizo ayer, que los catalanes "quieren decidir su futuro en buena convivencia y con respeto a los otros pueblos de España". Es decir, que pide ´buen rollito´ con quienes les estamos robando, según el ideario nazi-onanista. Por más que lo diga el Rey, no es el momento de actualizar los acuerdos básicos de la convivencia entre los españoles "con generosidad para ceder cuando es preciso, para comprender las razones del otro y para hacer del diálogo el método de solución de los problemas colectivos". Esa oportunidad pasó de largo, si es que existió alguna vez. Ahora ha llegado el momento de que el Gobierno, el Parlamento, y también, por qué no, la Corona, pongan a los separatistas frente a la Constitución, en lugar de sentarse con ellos a negociar.
Es verdad que Don Juan Carlos dio en la diana cuando reconoció "la necesidad de mejorar en muchos aspectos la calidad de la democracia, en la crucial tarea de modernización y regeneración de España". Y sin embargo, el pasado más reciente del monarca y su entorno con tufo de corrupción le desautorizan para liderar ese proceso. Las andanzas de su hija de la mano de Urdangarin fueron emprendidas con un cierto sentido de imitación del padre y suegro.

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