Mandela: una sonrisa de luz

09.12.2013 | 04:45
Isabel Bernardo Fernández

La noticia ha dado la vuelta al planeta. Mandela ha muerto y el mundo se ha llenado de dolor pero también de renovadas esperanzas. La paz es posible siempre y cuando existan quiénes la busquen con el corazón, aunque estas "formas de hacer" tantas veces se hayan tachado de sueño adolescente. He corrido a mi biblioteca en busca de aquel cuaderno de viaje de octubre de 1989. Cinco semanas en Sudáfrica en papel manuscrito, donde fui anotando las sensaciones de una realidad social que me llenó de preguntas y tribulaciones. Mandela estaba en prisión y, en las calles, la mayoría negra (el 80% de la población) vivía en la exclusión de los derechos más fundamentales del hombre. El apartheid no solo les confinaba a vivir en guetos, aislados de los blancos, también les negaba el acceso a las playas. "Cuando un negro te mira a los ojos, de frente, comienza a perderte el respeto" „me dijo una muchacha blanca intentando que yo cambiara mi actitud cercana y amigable con los negros. Me chocó que una joven de mi misma edad se expresara con semejante crueldad; me pregunté también si tenía corazón. Desoyendo las disuasorias consejas de unos y de otros, siempre blancos, visité junto a mi marido el hospital Baragwanath, el más grande del hemisferio Sur, en pleno corazón de Soweto. Más de 3.000 camas y largos barracones con otras tantas plazas, para una población exclusivamente de color.

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