Montemos el Belén

08.12.2013 | 04:45
Rafael Marínez-Simancas

A pesar de que Benedicto XVI dijo hace un par de años que en el pesebre no hubo mula ni buey seguimos comprando mulas y bueyes, ¡a fin de cuentas quién es un Papa, experto en Teología, para decirnos qué figuritas ponemos en nuestra casa! Y por comprar lo típico de la Navidad se atasca el centro de tal manera que todos los niños se convierten en Chencho, candidatos a perderse entre los puestos de la Plaza Mayor. Y los abuelos de los nervios porque como decía la greguería de Ramón: cada vez que anuncian por megafonía que se ha perdido un niño pienso que ese niño soy yo.
El Belén es una recreación doméstica que no respeta ni la Historia, ni el Arte, ni las proporciones debidas; por eso Herodes no cabe en el castillo y cae la nieve en un sitio tan cálido donde los peces no es que beban, ¡es que vuelven a beber! Eso dice la leyenda de las panderetas que se remonta a la noche de los tiempos y permite cantar hasta los que tienen un oído enfrente del otro. No es necesario buscarle lógica: por mucho que lo reflexiones Holanda no se ve desde Judea, se trata de otro absurdo de los villancicos.
Pero tampoco hace falta ponerse muy estrictos porque los nacimientos se ponen siempre en función de lo que quieren los niños, soberanos inocentes. No seamos ahora muy exquisitos porque salvando a los grandes belenistas los demás tiramos a trapaceros de montañas de cartón y ríos de papel de plata. Algún día Montoro nos cobrará el IBI del portal en función de los centímetros cuadrados y del número de pastorcillos que acuden a la convocatoria.

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