El accidente

26.04.2013 | 04:45
ÁNGEL J. FERREIRA

Sucedió no hace mucho, a eso del mediodía, en la calle Consuelo, junto a la plaza de San Justo. Caminaba hacia la plaza Mayor y observé a dos jóvenes ciclistas que, muy despacio, enfilaban por el mismo camino, su ritmo era plácido y distendido, ir más despacio, casi imposible. Y, de pronto, una ancianita se cruzó en medio de la calle. Yo observé la imprudencia de la señora pero di por descontado que no iba a pasar nada, que el ciclista simplemente con bajar su pierna al suelo detendría la bici y que todo quedaría en un susto, pero el ciclista debía estar a uvas y acaeció el accidente. La anciana fue levemente arrollada y cayó sobre la acera junto a un poyo. Inmediatamente el chaval saltó para atenderla y con él varias personas que transitábamos por allí en ese momento. Casi no hubo impacto, pero la pobre mujer derribada era la imagen de la desolación y la fragilidad: parecía un ser roto, y me conmovió.
Todo lo que ocurrió a continuación es digno de relatarse: el uno la tranquilizaba, dos más la incorporaron con sumo cuidado y la sentaron en el poyo, otro de la inmobiliaria contigua salió con una silla para que estuviera más cómoda, a mí me pidió que telefoneara a su familia: "Me llamo Alicia, dígales lo que me ha pasado, por favor". A los escasos momentos, apareció una señora que se identificó como médico y que procedió a examinarla, llamando inmediatamente a una ambulancia, tratándola con una delicadeza y un mimo que para mí quisiera encontrarme cuando esté enfermo.

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