Ecos nazarenos

05.04.2013 | 04:45
FRANCISCO MORALES

Llegué a Valencia cuando los humos falleros ya se habían disipado. Pese a ello, los corrillos seguían comentando la queja acerca de la quema de una falla que podía herir la sensibilidad de ochocientos millones de seguidores de una de las creencias religiosas de la India. La queja, naturalmente, fue atendida, cambiándose todo aquello que pudiera relacionarse con ella.
Pasé luego a Murcia para vivir sus característicos, y tan propios, desfiles procesionales de su Semana Santa, entre cuyas imágenes destacan las bellísimas que creara Salzillo. Allí, donde la población musulmana es notoria, los comentarios indignados giraban hacia lo acaecido en Melilla, ciudad en la que un pequeño grupo de seguidores islámicos prorrumpió en gritos al paso de la Virgen desencadenando una considerable trifulca.
Salté luego a la bella ciudad de Cartagena, romana y modernista, para seguir, en la paz devota de sus gentes, los disciplinados y silenciosos desfiles procesionales repletos de ricos ropajes y destacados "tronos".

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