Sobre en mano

03.10.2012 | 06:45
SANTIAGO JUANES

Hubo un tiempo en el que la nómina era el sobre. Te lo entregaban el sábado por la mañana contante y sonante, y no como hoy que se reduce a una fría transferencia, un apunte contable en la cartilla, casi a una cuestión de fe. Y así como entre los currantes el sobre era una bendición, en determinados ámbitos estaba, sin embargo, muy mal visto. Por ejemplo, en los toros y los teatros: se pensaba que con ellos se untaba al crítico correspondiente para que elogiase el espectáculo, y de alguno del gremio llegó a decirse que era un ser sobrecogedor con toda la intención y fama. Un parroquiano con sobre en mano paseando por el patio de caballos o butacas levantaba todas las sospechas del mundo. Marcelino Moronte, presidente de Las Ventas y de los presidentes de plazas de toros, seguro que ha escuchado mil y una historias sobre este tema tan curioso y taurino. Ayer estuvo en el Museo Taurino con El Viti, Juan Diego, Aureliano Cubino o José Martín presentando la reunión de los de su gremio presidencial en Alba de Tormes. Uno de los citados me relató hace poco la famosa sentencia pronunciada por el maestro Santiago Martín al ser preguntado por el contenido del museo salmantino: aquí hay muchas vidas, dijo.Y se quedó tan ancho. Al sobre acaba de ponerle bajo los focos de la actualidad nuestro Cachuli en su declaración ante el juez del caso Malaya, al asegurar que el difunto Jesús Gil compensaba sus esfuerzos con uno relleno de billetes: una ayuda para llegar a fin de mes, supongo. Pero también puede que Cospedal lo haya puesto de moda al dejar sin su paga regular a los parlamentarios regionales manchegos, llamados a ser rescatados por algún alma benefactora que les ayude a llegar a fin de mes sin la nómina actual. Veremos de quién es esa alma generosa.
A la espera de ese apocalipsis que se nos resiste pero que, sin embargo, ahí está, si quiera con forma de paro creciente, nos visita hoy Antonio Gala con artistas de su fundación, en la que estuvo becado nuestro David de Juan Marcos, autor de un libro bellísimo, El baile de las lagartijas, ambientado en un pueblo indeterminado de Las Arribes, donde ahora no conviene enfermar ni de día, ni de noche, ni en fin de semana. Almoneda, se llamaba esa localidad imaginaria.

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