Las sedes del Mundial de Rusia 2018

El fútbol, el mejor escaparate para Rusia

12.06.2018 | 18:50

Es bien sabido que al presidente ruso, Vladímir Putin, no le gusta el fútbol, pero el Mundial es una inmejorable oportunidad para romper el aislamiento internacional al que está sometido su país, al menos durante un mes. "La FIFA ya ha dicho que el fútbol y el deporte están al margen de la política. Yo creo que esa es la única postura válida", aseguró el jefe del Kremlin.

Preocupado por un posible boicot occidental a la Copa Mundial, como ocurriera con los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, Putin no dudó en forjar una estrecha relación con el expresidente de la FIFA, Sepp Blatter.

Lo mismo ha hecho con el sucesor de Blatter, Gianni Infantino, quien no ha querido ni hablar de un posible boicot, ya no digamos de que Rusia se quedara sin torneo por supuestos chanchullos en las elección del país que debía organizar los Mundiales de 2018 y 2020.

Educado en la URSS, desde su llegada al poder Putin ha intentado utilizar el deporte como herramienta de propaganda e instrumento de cohesión social, no en vano este país llegó a ser la mayor potencia deportiva del planeta.

El fútbol ruso se ha estancado y nunca se ha acercado a los niveles de excelencia alcanzados por estrellas mundiales de la época soviética como Lev Yashin u Oleg Blokhín, pero el objetivo es el mismo: el deporte no tiene ideología ni sabe de fronteras.

Putin, un gran aficionado al judo y al esquí, confiaba en que los Juegos de Invierno de Sochi 2014 abrieran una fase de concordia con Occidente y, aunque fueron un éxito, un mes después Rusia se anexionaba Crimea, lo que frustró todas sus esperanzas.

Desde entonces, las cosas no han hecho más que empeorar, ya que, además de las guerras en Ucrania y Siria, el escándalo de dopaje de Estado ha manchado hasta lo indecible la imagen del deporte ruso en Occidente, donde se ha convertido en un paria.

Aunque el fútbol ruso sólo se vio salpicado por el dopaje de refilón, el equipo de atletismo fue excluido de los Juegos de Río y todos los deportistas rusos tuvieron que competir bajo bandera neutral en los Juegos de PyeongChang.

Pero el Mundial es una roca inamovible y, con la inestimable ayuda de la FIFA, el Kremlin intentará beneficiarse de ello y declarar una especie de tregua en su antagonismo con Occidente.

Seguramente todo se reducirá a un pacto de caballeros, que terminará en cuanto se dispute el 15 de julio la final del Mundial en el estadio Luzhnikí.

Rusia espera recibir más de un millón de extranjeros, que se encontrarán con un país que ha construido doce estadios especialmente para el torneo, un caso único en la historia de los Mundiales.

Putin, que acaba de ser reelegido por otros seis años, quiere convertir a Rusia para 2024 en una de las cinco mayores economías del mundo y el Mundial es el primer paso para hacer realidad esos delirios de grandeza.

El Mundial será para Rusia la medida de todas las cosas, ya que de su exitosa organización depende que el mundo, no los políticos, vea que se trata de un país civilizado donde el vodka, el caviar y el comunismo no son más que vestigios del pasado. El gran miedo es lo que pueda pasar con los ultras, tanto con los rusos, considerados los más peligrosos de Europa, como con los que lleguen de Inglaterra, Francia o Alemania.

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