20 mayo 2019
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A VUELTAS CON EL TORMES

07 may 2018 / 20:31 H.

     Han pasado cuatro años,
    y el río me ha obedecido:
    sigue rodando sin pausa
    para alcanzar su destino.
    Sus aguas discurren mansas,
    y, en ciertos tramos, sin ruido.
    Sólo ante abultadas rocas,
    que no obstruyen su camino,
    él se lanza juguetón,
    para mostrar que está vivo.
     
    Sobre su lecho de piedras,
    y en la arboleda escondido,
    su mensaje misterioso
    se expresa en claros sonidos.
    Yo lo contemplo gozoso,
    devolviéndole sus guiños
    y me sorprendo pensando
    que me ha cautivado el río.
     
    Es un río de montaña,
    un simple recién nacido,
    y no parece consciente
    de cuál será su destino.
    Por eso puede reir,
    con un murmullo continuo
    y, alumbrado por el sol,
    devolver reflejos vivos.
     
    Kilómetros adelante,
    se ensombrecerá su sino,
    mas no importa, porque, entonces,
    ya el río será otro río.
    Heráclito lo entendía
    y sentenció en su aforismo:
    “Algo después, más allá,
    el río ya no es el mismo”.
    Y lo único que importa
    es el presente preciso;
    olvidando el más allá,
    el pasado y el destino.
     
    ¡Inagotable metáfora,
    de Heráclito sobre el río,
    donde, sorprendentemente,
    está el presente escondido!
    Quiero marchar junto al río;
    seguir sus curvas y quiebros;
    oir sus cantos y quejas
    y adivinar sus secretos.
    Y lo seguiré intentando,
    mientras me dure el aliento.