19 septiembre 2019
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El último tren de las Arribes

08 oct 2018 / 04:45 H.

Soy un enamorado de las Arribes. La gente que me conoce lo sabe. Es difícil resistirse a ese paisaje donde el Duero transita encajonado entre unos imponentes cañones que alcanzan su máxima plenitud en Salamanca a su paso por localidades como Aldeadávila, Mieza o Vilvestre. Pocos lugares en Europa cautivan tanto y sólo hace falta dejarse caer por miradores como el de la Code, la peña del Águila, el picón de Felipe o el de la central hidroeléctrica de Aldeadávila.
Pero igual que esta expresión de naturaleza me fascina, también soy muy crítico por cómo hemos gestionado este potencial. Es un mal endémico que parece no tener solución. Empezó décadas atrás con el desmantelamiento de la riqueza agrícola de una tierra fértil en la que se producen desde cítricos a aceite de oliva pasando por vino. Cuando una foráneo se deja caer por estos lares siempre se hace la misma pregunta. ¿Cómo es posible que el lado portugués luzca repleto de olivos, naranjos y vides y en la parte salmantina sólo haya maleza? Dicen algunos lugareños que eso costaba mucho esfuerzo y los jóvenes prefirieron marcharse a las ciudades. Hoy algunos se arrepienten cuando ven que en el valle del Duero luso se han puesto en marcha iniciativas de agroturismo con un importante éxito. Nosotros aún estamos a tiempo de subirnos al carro, pero la cosa está complicada.
Si los plazos de la Diputación de Salamanca se cumplen, la próxima primavera las Arribes contará con un auténtico filón que puede marcar un antes y un después. A día de hoy ni los propios impulsores del proyecto se creen el potencial que tiene. Mala señal. Pero quiero ser optimista. Estoy hablando de la iniciativa "Camino de hierro". O, lo que es lo mismo, la ruta que discurre por la antigua vía férrea entre La Fregeneda y Barca de Alba. Mi amigo Marino Hernández desvelaba hace algunas semanas en estas páginas el reglamento con el que contará este proyecto turístico. Se pueden discutir aspectos como la prohibición de entrada a perros (es una forma de cerrarse a un tipo de viajero que está en auge) y también a menores de diez años. Sin defender estas medidas, creo que hay que curarse en salud ante todo lo que pueda comprometer la seguridad.
Pero al margen de estos debates, tenemos ante sí un auténtico diamante en bruto. Los que ya hemos hecho esta ruta, aunque no sea en su totalidad, sabemos de lo que hablamos. Un auténtico espectáculo. Nada que envidiar a itinerarios similares que en otros países europeos congregan a miles y miles de personas. 17 kilómetros entre túneles y puentes en la complicada orografía arribereña, que además suponen todo un homenaje a los que en su día hicieron posible semejante maravilla de la ingeniería.
Los mimbres están. Además vivimos un momento donde la afición al senderismo y a las escapadas de naturaleza se ha multiplicado. Por lo tanto hay miles de personas deseando saber que esto existe, que se va a poner en marcha y que pueden venir a Salamanca a descubrirlo. Si además les llevamos a ver cómo se elabora el queso de Hinojosa, a recorrer en piragua el Duero, a hacer una cata del vino de las Arribes y a probar alguna delicia gastronomía de la zona, tenemos el completo. El "Camino de hierro" puede ser un motor para la comarca. No es ninguna osadía decir eso. Lo que ocurre es que en las Arribes luchamos contra gigantes que prefieren que todo siga como hasta ahora.
La primera que tiene que mover ficha es la Diputación. Con una campaña de promoción ambiciosa y moderna. Nada de estrategias del siglo pasado. Nada de soltar una charla en Fitur a las tres de la tarde delante de cuatro gatos. Nada de susurrar a los oídos. La promoción se consigue dando voces. Si esto ocurre, los visitantes llegarán. Y si esto pasa, entonces la pelota estará en la gente de las Arribes. Tocará emprender y saber canalizar ese éxito que sería un pecado dejarlo morir. Tenemos un clavo de oro al que agarrarnos. Hay que coger el último tren de las Arribes.