23 agosto 2019
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Un soplo de aire fresco

14 feb 2019 / 04:45 H.

Nos sentimos hoy como el preso que ha pasado ocho meses encerrado en una celda de castigo y sale al patio a ver el sol y respirar de nuevo aire fresco. Estamos a punto de abandonar la etapa más oscura, más asfixiante y más tensionada desde la recuperación de la democracia en España.
Salvo milagro u omisión, tenemos a la vista elecciones generales, convertidas en santo grial, bálsamo de fierabrás y único remedio para nuestros dolores nacionales, que son muchos y variados.
Debemos esperar a mañana viernes para confirmar que Pedro Sánchez se ha caído de la burra, ha regresado de sus viajes fantasiosos a un país imaginario y se ha dado cuenta de su incapacidad para gobernar esta nación. El todavía inquilino de la Moncloa anunciará la fecha de las elecciones, que en el PSOE y en el entorno del Gobierno sitúan en el 28 de abril, aunque nadie descarta la vuelta del verano. La primera opción sería la más beneficiosa para España, porque del monumental atasco en que estamos atrapados conviene salir cuanto antes, por eso tiendo a pensar que Sánchez elegirá la de octubre. Siete meses más de tortura pueden acabar de fundir los plomos de la economía, que ya sufre importantes achaques, y dará más margen a los golpistas catalanes para seguir conspirando contra España, con sentencia o sin sentencia, pero todo eso no preocupa en absoluto al Doctor Sánchez, cuyo objetivo sigue consistiendo en dormir una noche más entre las sábanas del poder y surcar una vez más los cielos del mundo en 'su' Falcon.
Sea en abril, tras la Semana Santa, en mayo coincidiendo con las europeas, municipales y autonómicas, o a la vuelta del verano, lo cierto es que estamos a punto de darle pasaporte al presidente más nefasto de cuantos han habitado la Moncloa, y a fe que el listón estaba muy alto tras el paso de José Luis Rodríguez Zapatero.
Tal y como parece de volátil el ambiente político, lanzar ahora una previsión de resultados parece aventurado, pero lo cierto es que cualquier recuento que se produzca no puede empeorar la situación actual, con un Ejecutivo zombi, rehén de quienes pretenden destruir España y con la resistencia como único proyecto de gobierno.
Podemos soñar, porque soñar es gratis, con un Congreso dominado por una mayoría sólida, apoyada en dos o tres formaciones (una no es posible), que ponga a los rebeldes catalanes en su sitio, bien en la cárcel o bajo el imperio del artículo 155 de la Constitución, y que plantee unos Presupuestos del Estado ajustados a lo que necesita el país para seguir creciendo y creando empleo. Unos Presupuestos con menos gasto público, menos regalos a los golpistas catalanes y más inversión allí donde se necesita (Castilla y León y Salamanca, por ejemplo), y no los presentados ayer por la ministra María Jesús Montero que han tumbado a Sánchez y que nos hubieran tumbado a todos los españoles de haber sido aprobados.
Mientras los asonados encabezados por Junqueras se esfuerzan por montar el espectáculo en el Supremo, sus correligionarios en el Congreso nos hicieron el favor del año al votar contra el proyecto económico del Gobierno Sánchez y forzar la convocatoria de elecciones. Eso para que luego digan que los secesionistas catalanes no dan una a derechas. A la hora de analizar las intenciones de los nacionalistas hay dos teorías: hay quien dice que no les convienen elecciones generales, porque podrían traer un Gobierno de centro derecha temible para ellos por ser proclive a cortarles las alas, y hay quien sostiene que Puigdemont y compañía prefieren un Ejecutivo de la nación duro con Cataluña, dispuesto a aplicar el 155 a fondo y por un largo periodo, porque así llegarían con más facilidad a la revuelta violenta, que es lo que en realidad les pone.
A ellos, a los presuntos golpistas, solo les vale un resultado que haga depender la gobernabilidad de España de sus votos en el Congreso. Por lo tanto, al resto de los españoles nos vale cualquier resultado que les convierta en inútiles, que es lo que son.